Ap 21:1 RV’09: «Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existía más.»
Ap 21:27: «No entrará en ella ninguna cosa inmunda, o que hace abominación y mentira, sino solamente los que están inscritos en el libro de la vida del Cordero.»

Con mucha certeza podría decir que la gran mayoría de los hombres ve el cielo como el lugar donde sus seres queridos se encuentran.

Esta es una creencia que se ha manifestado a lo largo de la historia por casi todas las distintas culturas que han poblado el orbe. El cristianismo en su mayoría, no es la excepción. Sin embargo, esta doctrina carece de fundamento bíblico, basado más bien en el dogma de fe, la superstición y en el sentimentalismo de los hombres.

Infinidad de hombres que en el resto de sus días estuvieron entregados a la complacencia y al desenfreno de sus pasiones, mostrando egoísmo y altivez en el trato con sus semejantes, con una vida de transgresiones constantes a la ley: cometiendo adulterio y fornicaciones, robos, chismes y cizañas, codicias, algunos hasta asesinatos; ni que decir la deshonra que por esta clase de conducta ofendieron a sus padres. No obstante, no hay quien falte creyendo que alguien así está o estará en el cielo después de haber muerto. Sin duda habrán sorpresas, porque los pensamientos de Dios y su justicia no son como la de los hombres, que somos duros para juzgar y señalar a otros. Empero, es muy peligroso dejar a la suerte nuestra salvación; como lo es confiarnos sin haber escudriñado nunca las Escrituras para saber cómo hemos de conducirnos para ser salvos.

Inquiramos, si un hombre que estuvo entregado a seguir la corriente del mundo, cuyo carácter jamás fue refinado, y no fue precisamente un devoto de la abnegación, humildad, mansedumbre y disposición para cuidar de los más débiles y necesitados a costa de su propia seguridad y comodidad, podrá tener la certeza de vida eterna.

¿Qué hay en el mundo que es tan atractivo para tantos?

1Jn 2:16: «Las cosas que ofrece la gente del mundo no vienen de Dios, sino de los pecadores de este mundo. Y éstas son las cosas que el mundo nos ofrece: los malos deseos, la ambición de tener todo lo que vemos, y el orgullo de poseer muchas riquezas.»

¿A quién le pertenece el mundo?

1Jn 5:19: «Sabemos que somos de Dios, y que el resto de la gente en el mundo está dominada por el diablo.»

Debe quedar claro que en el mundo no hay nada puro, justo y noble. Sobre todo cuando claramente se nos dice quién es el que domina al mundo, «el príncipe de este mundo», que es a saber el diablo (Jn 12:31).

¿Verdad que sabiendo ahora, que alguien viviendo conforme al mundo y sus deseos, estando bajo el dominio de Satanás, parece poco confiable que tenga la promesa de morar en aquel cielo nuevo, y tierra nueva?

Es sencillo entender que para alcanzar esa posesión soñada, debemos hacer lo contrario.

Ro 8:17: «Y como somos sus hijos, tenemos derecho a todo lo bueno que él ha preparado para nosotros. Todo eso lo compartiremos con Cristo. Y si de alguna manera sufrimos como él sufrió, seguramente también compartiremos con él la honra que recibirá.»

El que anhele vivir en el cielo en la compañía de Dios y de Cristo, debe renunciar al mundo y sus deseos, y vivir como Cristo vivió, juntamente con sus sufrimientos y padecimientos. Resaltando que lo más importante de sufrir como Cristo padeció, es andando bajo su mismo carácter. Jesús dijo de sí mismo:

Mt 11:29: «Obedezcan mis mandamientos y aprendan de mí, pues yo soy paciente y humilde de verdad. Conmigo podrán descansar.»

El Señor no solo era manso y humilde, carecía de todo apego por las cosas materiales; es más, ni las tenía. No buscaba gloria para sí mismo, ni el populismo entre las gentes.

Mt 8:20: «Jesús le contestó: —Las zorras tienen cuevas y las aves tienen nidos, pero yo, el Hijo del hombre, no tengo un lugar donde descansar.»

Jn 8:50 RV’09: «Pero yo no busco mi gloria; hay quien la busca, y juzga.»

Oportuno es preguntarse cómo debemos sufrir para ganarnos el cielo, cuando muchos hablan que en esta vida debemos ser felices por sobre todas las cosas. Aclarando que padecer junto a Cristo, no es que el cristiano esté condenado a vivir en la tristeza y la amargura; más bien todo lo contrario. Debe ser una vida de gozo, por medio de la fe en Cristo, quien consuela nuestros corazones.

2Co 12:10: «Me alegro de ser débil, de ser insultado y perseguido, y de tener necesidades y dificultades por ser fiel a Cristo. Pues lo que me hace fuerte es reconocer que soy débil.»

2Co 12:9: «pero Dios me ha contestado: «Mi amor es todo lo que necesitas. Mi poder se muestra en la debilidad.» Por eso, prefiero sentirme orgulloso de mi debilidad, para que el poder de Cristo se muestre en mí.»

Es el amor de Cristo en quien lo vive como logrará la dicha en la miseria que produce la persecución y el oprobio de los del mundo, que luchan y blasfeman por permanecer en él; parecidos a una fiera actúan cuando ven amenazadas a sus pasiones que les deben ser arrebatadas para su salvación.

1P 3:14: «Pero si hacen el bien, y aún así tienen que sufrir, Dios los bendecirá. No le tengan miedo a nadie, ni se asusten.»
1P 3:17: «Si Dios así lo quiere, es mejor que sufran por hacer el bien que por hacer el mal.»
1P 3:18: «Porque Cristo murió una vez y para siempre para perdonarnos nuestros pecados. Él era bueno e inocente, y sufrió por los pecadores, para que ustedes pudieran ser amigos de Dios. Los que mataron a Cristo destruyeron su cuerpo, pero él resucitó para vivir como espíritu.»

Así es el camino en el que debemos peregrinar en este mundo para alcanzar la promesa añorada de vida eterna, en una nueva tierra ajena a toda pena, donde la enfermedad ni la muerte, nunca más aguijonearán a hombre alguno que haya obtenido la victoria.

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