La Victoria Divino-Humana de Jesús
«Pseudocristianos UNIDOS en contra» (de la carne de pecado de Jesús)
Introducción
Amados hermanos: esta tarde vamos a estudiar juntos, con la Biblia abierta, una de las preguntas más importantes que un cristiano puede hacerse: ¿qué naturaleza tomó Jesús cuando vino a este mundo, y cómo venció?
No es una pregunta para curiosos. De la respuesta depende si Jesús puede ser de verdad nuestro ejemplo, y si la victoria que él tuvo puede ser también la nuestra.
El subtítulo de este estudio es fuerte, y lo digo con respeto y con dolor: «Pseudocristianos UNIDOS en contra», en contra de la verdad de la carne de pecado de Jesús. Hoy muchos que llevan el nombre de cristianos se unen para negar que el Hijo de Dios tomó nuestra carne caída. Nosotros no vamos a responder con opiniones, sino con preguntas y con la Palabra. Avancemos paso a paso: primero, qué es el pecado y la tentación; después, qué es la concupiscencia; luego, cómo eran las tentaciones antes y después de la caída; y finalmente, qué naturaleza tomó Jesús y cómo fue tentado.
1. ¿Qué es el pecado y qué es la tentación?
Primera pregunta: ¿de dónde viene el pecado?
1. El pecado es resultado de caer en tentación. Por eso Jesús nos enseñó a orar: «Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal: porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén» (Mateo 6:13).
¿Y qué se promete al que es tentado?
2. La corona se promete solamente al que soporta y vence la tentación: «Bienaventurado el varón que sufre la tentación; porque cuando fuere probado, recibirá la corona de vida, que Dios ha prometido á los que le aman» (Santiago 1:12).
¿Quién tienta, y a quién?
3. Toda tentación proviene del diablo y se hace solo a los humanos: «Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de Dios: porque Dios no puede ser tentado de los malos, ni él tienta á alguno» (Santiago 1:13).
4. Toda tentación es humana: «No os ha tomado tentación, sino humana: mas fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis llevar; antes dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis aguantar» (1 Corintios 10:13).
Entonces, ¿qué es exactamente la tentación?
5. La tentación es ser incitado —inducido, llevado o impulsado— a pecar, es decir, a transgredir, desobedecer, anular, abolir o quebrantar la ley. Leamos: «Sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído, y cebado. Y la concupiscencia, después que ha concebido, pare el pecado: y el pecado, siendo cumplido, engendra muerte» (Santiago 1:14-15).
6. De Santiago 1:14-15 se desprende el proceso de la tentación: primero hay concupiscencia; esa concupiscencia atrae; luego la persona es seducida; la concupiscencia concibe; da a luz el pecado; y el pecado, consumado, da a luz la muerte.
7. De aquí se deduce claramente que el elemento clave necesario para la tentación es poseer concupiscencia. Sin concupiscencia no hay atracción desde adentro.
2. ¿Qué es la concupiscencia y de dónde viene la tentación?
8. Pues bien, si la concupiscencia es la clave, la siguiente pregunta es obligada: ¿qué es la concupiscencia?
9. El Diccionario de la Real Academia Española la define así: «concupiscencia. (Del lat. concupiscentĭa). f. En la moral católica, deseo de bienes terrenos y, en especial, apetito desordenado de placeres deshonestos».
10. La palabra griega que se traduce por «concupiscencia» en Santiago es epithymía (Strong 1939), que, según Strong, corresponde a «codiciar, deseo, pasión».
11. Este mal deseo es el que permite al hombre ser atraído. Pero fijémonos bien: esta atracción, en sí, no es pecado, pues el pecado aparece luego de que la persona es seducida o cebada. La palabra es deleázō (Strong 1185 y 1388), que significa entrampada, engañada, atrapada. Ser atraído no es pecar; pecar es dejarse atrapar.
12. Ahora bien, la estimulación de la concupiscencia, o tentación, ¿de dónde proviene? ¿De adentro o de afuera?
13. De ambos lugares.
¿Qué viene de afuera?
14. De afuera proviene del tentador, el diablo: «Y llegándose á él el tentador, dijo: Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se hagan pan» (Mateo 4:3). Pablo también temía «que os haya tentado el tentador, y que nuestro trabajo haya sido en vano» (1 Tesalonicenses 3:5). Y también proviene de las circunstancias que nos rodean, que tienen acceso a la mente y al cuerpo por medio de las avenidas del alma. Por eso dice Isaías del justo: «El que camina en justicia, y habla lo recto; el que aborrece la ganancia de violencias, el que sacude sus manos por no recibir cohecho, el que tapa su oreja por no oir sangres, el que cierra sus ojos por no ver cosa mala» (Isaías 33:15).
¿Y qué viene de adentro?
15. De adentro las tentaciones provienen del corazón natural. Jesús dijo: «Porque del corazón salen los malos pensamientos, muertes, adulterios, fornicaciones, hurtos, falsos testimonios, blasfemias. Estas cosas son las que contaminan al hombre» (Mateo 15:19-20). En otros lugares se llama a esto las concupiscencias del corazón: «Por lo cual también Dios los entregó á inmundicia, en las concupiscencias de sus corazones» (Romanos 1:24); «el intento del corazón del hombre es malo desde su juventud» (Génesis 8:21); el Señor «manifestará los intentos de los corazones» (1 Corintios 4:5). O de los ojos: «la concupiscencia de la carne, y la concupiscencia de los ojos, y la soberbia de la vida» (1 Juan 2:16).
Pero esa concupiscencia también es atraída, estimulada o incitada por medio de las avenidas del alma: «Y porque alzando tus ojos al cielo, y viendo el sol y la luna y las estrellas, y todo el ejército del cielo, no seas incitado, y te inclines á ellos, y les sirvas» (Deuteronomio 4:19). O por la imaginación o el recuerdo corrompido, como Israel en el desierto: «Nos acordamos del pescado que comíamos en Egipto de balde, de los cohombros, y de los melones, y de los puerros, y de las cebollas, y de los ajos» (Números 11:5).
Esta concupiscencia está en nuestros corazones por medio de las prácticas pecaminosas que, al ejercitarlas, se transforman en hábitos. Pedro habla de los que tienen «el corazón ejercitado en codicias» (2 Pedro 2:14). Y esos hábitos son imposibles de romper por nosotros mismos: «¿Mudará el negro su pellejo, y el leopardo sus manchas? Así también podréis vosotros hacer bien, estando habituados á hacer mal» (Jeremías 13:23).
¿Hay otra fuente interior además del corazón?
16. Sí. También de adentro las tentaciones vienen de las concupiscencias de la carne. Es innegable que la Biblia certifica que en la carne también existen concupiscencias: «ceban con las concupiscencias de la carne en disoluciones» (2 Pedro 2:18). Es decir, nuestra carne de pecado está sujeta a la ley del pecado: «Mas veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi espíritu, y que me lleva cautivo á la ley del pecado que está en mis miembros» (Romanos 7:23). Y esta ley, por el mandamiento, produce la concupiscencia, la codicia: «Porque mientras estábamos en la carne, los afectos de los pecados que eran por la ley, obraban en nuestros miembros fructificando para muerte» (Romanos 7:5); «el pecado, tomando ocasión, obró en mí por el mandamiento toda concupiscencia» (Romanos 7:8); «haciéndose pecado sobremanera pecante por el mandamiento» (Romanos 7:13).
Esta concupiscencia también se llama «intención» o «tendencias». La Reina-Valera 1909 dice: «Porque la intención de la carne es muerte; mas la intención del espíritu, vida y paz: Por cuanto la intención de la carne es enemistad contra Dios; porque no se sujeta á la ley de Dios, ni tampoco puede» (Romanos 8:6-7, RVR 1909). Y la Biblia de Jerusalén traduce: «las tendencias de la carne son muerte; mas las del espíritu, vida y paz, ya que las tendencias de la carne llevan al odio a Dios: no se someten a la ley de Dios, ni siquiera pueden» (Romanos 8:6-7, BJ). De modo que la carne de pecado tiene intención o tendencia, que también se llaman concupiscencia. Esta es la otra fuente de debilidad propia de ser estimulada.
17. Esta gran verdad también era creída por Elena de White: «El cristiano sentirá la incitación al pecado, pues la carne desea vivamente la concupiscencia, oponiéndose al Espíritu; pero el Espíritu lucha contra la carne, manteniendo una continua batalla. Aquí es donde se necesita la ayuda de Cristo. La debilidad humana se une a la fuerza divina, y la fe exclama: "Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo"» (Mensajes para los jóvenes, p. 112).
¿De dónde vienen esas tendencias de la carne?
18. Estas tendencias de la carne provienen de los genes paternos que heredamos: «visito la maldad de los padres sobre los hijos, sobre los terceros y sobre los cuartos, á los que me aborrecen» (Éxodo 20:5). Pues nosotros somos simiente de nuestros padres; en Gálatas 3:16 la palabra es sperma (Strong 4690) en el original.
19. Concluimos, pues, que las tentaciones provienen de adentro y de afuera: «El enemigo está tras la huella de cada uno de nosotros, y si queremos resistir las tentaciones que nos asaltan desde adentro y desde afuera, debemos asegurarnos de que estamos del lado del Señor» (A fin de conocerle, p. 303).
3. ¿Eran iguales las tentaciones antes y después del pecado?
¿Cómo fue tentado Adán?
20. Por consiguiente, las tentaciones para Adán —quien no tenía concupiscencia— provenían exclusivamente de afuera. Su naturaleza era perfecta: «Y vió Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera» (Génesis 1:31). Por lo tanto, no fue atraído, sino que pecó a sabiendas. Su pecado fue de rebelión: «No obstante, reinó la muerte desde Adam hasta Moisés, aun en los que no pecaron á la manera de la rebelión de Adam» (Romanos 5:14).
¿Y qué heredamos nosotros?
21. Luego de su pecado heredamos una naturaleza caída. Todo hombre al nacer es un hombre natural: «Mas el hombre animal no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque le son locura: y no las puede entender, porque se han de examinar espiritualmente» (1 Corintios 2:14). Por naturaleza es hijo de ira: «Entre los cuales todos nosotros también vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos; y éramos por naturaleza hijos de ira, también como los demás» (Efesios 2:3). Ese hombre, siendo tentado en base a sus concupiscencias o tendencias de la carne y del corazón, era esclavo natural de ellas.
¿Cambia la naturaleza cuando nos convertimos?
22. Cuando el hombre se convierte a Cristo, su naturaleza no cambia; simplemente es liberado de la esclavitud de ella. Posee concupiscencias de la carne y también del corazón que cultivó en su antigua vida de pecado. Es por ello que no alcanza la perfección en el momento de la conversión y necesita la santificación y purificación de su corazón. Por eso el converso es justus et peccator, justo y pecador a la vez: no pecador en cuanto a su voluntad, sino en cuanto a su ignorancia y a sus defectos de carácter.
Y ahora llegamos al centro del estudio.
4. ¿Qué naturaleza tomó Jesús?
¿Qué clase de carne tomó el Hijo de Dios?
23. Cristo, siendo Hijo de Dios y, por lo tanto, divino por naturaleza, tomó la carne humana: «Y aquel Verbo fué hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad» (Juan 1:14). El tipo de carne que tomó es claro en la Biblia: no fue carne santa ni sin pecado, sino «carne de pecado»: «Porque lo que era imposible á la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios enviando á su Hijo en semejanza de carne de pecado, y á causa del pecado, condenó al pecado en la carne» (Romanos 8:3).
¿De quién era simiente Jesús?
24. La Biblia dice claramente que Jesús era la «esperma» de Abraham: «A Abraham fueron hechas las promesas, y á su simiente. No dice: Y á las simientes, como de muchos; sino como de uno: Y á tu simiente, la cual es Cristo» (Gálatas 3:16). Es decir, tenía los genes de Abraham. Y también dice que «la simiente (esperma) de Abraham tomó»: «Porque ciertamente no tomó á los ángeles, sino á la simiente de Abraham tomó» (Hebreos 2:16).
25. También dice que el evangelio es que el Hijo de Dios «fue hecho de la simiente (esperma-genes) de David según la carne»: «Acerca de su Hijo, (que fué hecho de la simiente de David según la carne» (Romanos 1:3). ¿Podemos pedir más evidencia? La naturaleza humana de Cristo «fue hecha»: era creada, fabricada. Y el elemento que se usó como materia prima fue «la simiente (esperma-genes)», no de Adán —que eran puros—, sino los genes de David. Esto lo certifican una cantidad de textos: «sabiendo que con juramento le había Dios jurado que del fruto de su lomo, cuanto á la carne, levantaría al Cristo que se sentaría sobre su trono» (Hechos 2:30); «De la simiente de éste, Dios, conforme á la promesa, levantó á Jesús por Salvador á Israel» (Hechos 13:23); «he aquí el león de la tribu de Judá, la raíz de David, que ha vencido» (Apocalipsis 5:5); «Yo soy la raíz y el linaje de David, la estrella resplandeciente, y de la mañana» (Apocalipsis 22:16).
26. Por eso entendemos lo que quiere decir la inspiración: «Como cualquier hijo de Adán, aceptó los efectos de la gran ley de la herencia. Y la historia de sus antepasados terrenales demuestra cuáles eran aquellos efectos» (El Deseado de todas las gentes, p. 32).
¿Sabía Jesús lo que contiene esa carne?
27. Sí. Jesús, sabiendo lo que contiene la carne —ley de pecado (Romanos 7:23-25), deseos (Efesios 2:3), apetitos (Colosenses 2:23) y pasiones: «Porque los que son de Cristo, han crucificado la carne con los afectos y concupiscencias» (Gálatas 5:24)—, participó de la misma carne y sangre: «Por lo cual, debía ser en todo semejante á los hermanos, para venir á ser misericordioso y fiel Pontífice en lo que es para con Dios, para expiar los pecados del pueblo» (Hebreos 2:17).
28. La Biblia dice que Jesús nació «bajo la ley»: «Mas venido el cumplimiento del tiempo, Dios envió su Hijo, hecho de mujer, hecho súbdito á la ley» (Gálatas 4:4).
29. Por eso vemos que el mismo Jesús dice: «Velad y orad, para que no entréis en tentación: el espíritu á la verdad está presto, mas la carne enferma» (Mateo 26:41).
5. ¿Cómo fue tentado Jesús?
¿Sufrió Jesús en la tentación?
30. Sí: «Porque en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer á los que son tentados» (Hebreos 2:18).
¿Fue tentado como Adán o como nosotros?
31. La Biblia es clara en que él no fue tentado como Adán, sino como nosotros: «Porque no tenemos un Pontífice que no se pueda compadecer de nuestras flaquezas; mas tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado» (Hebreos 4:15). Así nosotros: tentado en todo punto, mas sin pecado.
32. La inspiración también dice que «sentía toda la fuerza de la pasión de la humanidad», pero que «nunca cedió a la tentación» (En los lugares celestiales, p. 157).
33. Además, en su propio cuerpo «comprendió los alcances de la fuerza del apetito complacido y de las pasiones impías» (Mensajes selectos, tomo 1, p. 318).
34. Por eso, cada día «sujetaba sus deseos estrictamente a su misión» (El ministerio de curación, p. 12). De lo cual se deduce que tenía deseos que contrariaban su misión, porque necesitaba sujetarlos. Nadie sujeta lo que no tiene.
35. En otro lugar se le mostró en visión a la hermana White: «Vi que Jesús conoce nuestras flaquezas, y ha experimentado lo mismo que nosotros en todo, menos en el pecado» (El hogar cristiano, p. 254). Y también que fue «tentado y probado como lo son los hombres de la actualidad; vivió, sin embargo, una vida libre del pecado» (Los hechos de los apóstoles, p. 376).
36. Por eso Jesús, al ser tentado, nos enseña: «Cristo nos enseña a mantener sujeta la naturaleza inferior. Toda su vida fue un ejemplo de renunciamiento propio» (El Deseado de todas las gentes, p. 123).
37. Jesús «debía sentir la vergüenza del pecado», y «la contaminadora concupiscencia de la transgresión torturaban su espíritu» (El Deseado de todas las gentes, p. 86).
¿Cómo enfrentó la tentación en el desierto?
38. Cuando estaba en el desierto, hizo frente a la tentación con la carga de los pecados y el sentimiento de culpa: «No fueron solo los corrosivos dolores del hambre lo que hicieron los sufrimientos de nuestro Redentor tan indeciblemente severos. Fue el sentido de culpa que había resultado de la indulgencia del apetito, que había traído un mal tan terrible al mundo, lo que hacía una presión tan pesada sobre su alma divina… Con la naturaleza del hombre y con la terrible carga de los pecados pesando sobre él, nuestro Redentor hizo frente al poder de Satanás en esta gran tentación inicial que pone en peligro las almas de los hombres. Si el hombre podía vencer esta tentación, podía triunfar en cualquier otro punto» (Dios nos cuida, p. 178).
39. También: «Sintió la abrumadora marea de desdicha que inundaba el mundo. Comprendió los alcances de la fuerza del apetito complacido y de las pasiones impías que dominaban el mundo y que habían ocasionado inexpresables sufrimientos al hombre» (Mensajes selectos, tomo 1, p. 318).
¿Cuál era, entonces, su condición?
40. La condición de Jesús al tomar la carne: «Mientras, como miembro de la familia humana, era mortal, como Dios, era la fuente de la vida para el mundo» (El Deseado de todas las gentes, p. 448).
6. Preguntas de estudio
Repasemos ahora con preguntas de estudio, para que cada uno pueda responder con la Biblia.
41. ¿Qué virtud le da a Cristo el hecho de que fue tentado?
Respuesta: que puede socorrernos y compadecerse de nosotros. «Porque en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer á los que son tentados» (Hebreos 2:18). «Porque no tenemos un Pontífice que no se pueda compadecer de nuestras flaquezas» (Hebreos 4:15).
42. ¿Cómo fue tentado Cristo? ¿Cómo Adán o cómo nosotros? ¿Y en qué?
Respuesta: como nosotros, y en todo. «… mas tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Lleguémonos pues confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia, y hallar gracia para el oportuno socorro» (Hebreos 4:15-16).
43. ¿Pudo la tentación vencer a Cristo por causa de su naturaleza?
Respuesta: no. Fue tentado «pero sin pecado» (Hebreos 4:15). «El cual no hizo pecado; ni fué hallado engaño en su boca» (1 Pedro 2:22).
Cristo: ¿cómo Adán o cómo los hijos de Adán? Escuchemos la inspiración:
«Habría sido una humillación casi infinita para el Hijo de Dios revestirse de la naturaleza humana, aun cuando Adán poseía la inocencia del Edén. Pero Jesús aceptó la humanidad cuando la especie se hallaba debilitada por cuatro mil años de pecado. Como cualquier hijo de Adán, aceptó los efectos de la gran ley de la herencia. Y la historia de sus antepasados terrenales demuestra cuáles eran aquellos efectos. Mas él vino con una herencia tal para compartir nuestras penas y tentaciones, y darnos el ejemplo de una vida sin pecado» (El Deseado de todas las gentes, p. 32).
44. ¿Por cuál poder Cristo vivió una vida perfecta y sin pecar?
Respuesta: por el poder del Padre que moraba en él. «No puedo yo de mí mismo hacer nada: como oigo, juzgo: y mi juicio es justo; porque no busco mi voluntad, mas la voluntad del que me envió, del Padre» (Juan 5:30). «¿No crees que yo soy en el Padre, y el Padre en mí? Las palabras que yo os hablo, no las hablo de mí mismo: mas el Padre que está en mí, él hace las obras» (Juan 14:10).
45. ¿Hay consuelo en esta verdad? ¿Podemos seguir su ejemplo?
Respuesta: sí. «Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis» (Juan 13:15). «Pues que Cristo ha padecido por nosotros en la carne, vosotros también estad armados del mismo pensamiento: que el que ha padecido en la carne, cesó de pecado; Para que ya el tiempo que queda en carne, viva, no á las concupiscencias de los hombres, sino á la voluntad de Dios» (1 Pedro 4:1-2).
46. ¿Cómo puedo seguir su ejemplo? ¿Cómo puede su poder habitar en mí?
Respuesta: «Por esta causa doblo mis rodillas al Padre de nuestro Señor Jesucristo, Del cual es nombrada toda la parentela en los cielos y en la tierra, Que os dé, conforme á las riquezas de su gloria, el ser corroborados con potencia en el hombre interior por su Espíritu. Que habite Cristo por la fe en vuestros corazones; para que, arraigados y fundados en amor, Podáis bien comprender con todos los santos cuál sea la anchura y la longura y la profundidad y la altura, Y conocer el amor de Cristo, que excede á todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios» (Efesios 3:14-19).
7. Clímax: ¡Cristo en nosotros, victoria sobre el pecado!
Hermanos, escuchen ahora estas palabras de Waggoner, que resumen todo lo que hemos estudiado:
«¿Se puede pedir más? Cristo, en quien habita toda la plenitud de Dios, puede habitar en nuestros corazones, para que nosotros podamos ser llenos con toda la plenitud de Dios… Habiendo sufrido todo lo que hereda la carne pecaminosa, lo conoce todo, y tan cerca se identifica con sus hijos que cualquier cosa que pese sobre ellos recae igualmente sobre Él, y Él sabe cuánto poder divino es necesario para resistirlo; y si anhelamos sinceramente negar "la impiedad y los deseos mundanos", Él es poderoso y está deseoso por darnos la fortaleza "para hacer infinitamente más que todo cuanto pedimos o entendemos". Todo el poder que Cristo tenía habitando en Él por naturaleza, podemos tenerlo habitando en nosotros por gracia, ya que nos lo otorga sin precio y sin medida» (Ellet J. Waggoner, Cristo y su justicia, p. 30, Publicadora Éxodo).
Aplicación final y llamado
¿Qué significa todo esto para ti y para mí esta tarde? Que no tenemos un Salvador lejano, que venció con ventajas que nosotros no tenemos. Tomó la carne de pecado, la simiente de David; sintió la fuerza de la pasión y del apetito; sujetó sus deseos a su misión; y venció por el poder del Padre que moraba en él. Y ese mismo poder, que él tenía por naturaleza, nosotros podemos tenerlo por gracia.
Por eso, cuando otros se unen en contra de esta verdad, nosotros nos unimos a Cristo. Si hoy luchas con tendencias heredadas o con hábitos cultivados, no te desanimes: el que padeció siendo tentado es poderoso para socorrerte. Acércate confiadamente al trono de la gracia. Pídele que habite por la fe en tu corazón. ¿Quieres hoy entregarle tu voluntad, para que él viva su victoria en ti? Te invito a ponerte en pie, o a inclinar tu cabeza donde estás, mientras oramos.
Oración
Padre nuestro que estás en los cielos: te damos gracias porque enviaste a tu Hijo en semejanza de carne de pecado, y en esa carne condenó al pecado. Gracias porque fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado, y porque es poderoso para socorrernos. Te rogamos que, conforme a las riquezas de tu gloria, nos fortalezcas con poder en el hombre interior por tu Espíritu, para que Cristo habite por la fe en nuestros corazones y seamos llenos de toda tu plenitud. Líbranos del mal, y danos la victoria sobre cada tentación, de adentro y de afuera. Te lo pedimos en el nombre de tu Hijo Jesús. Amén.