Poema de Marianne Farmingham

«Y los que comieron fueron como cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños».
Mateo 14:21


El sol de la mañana brillaba en las olas,
las olas danzantes de nuestra Galilea;
sus aguas se tornaban como plata,
mientras llegaban suavemente hasta mis pies.

El agua entonaba una alegre melodía,
como la de un corazón feliz
al que Dios hubiera bendecido de repente
y llenado de gozo hasta rebosar.

En la orilla, mis hijos de ojos oscuros
jugaban felices, llenos de alegría,
mientras sus cabellos resplandecían
bajo los dorados rayos del sol.

Y todo el mundo parecía feliz.
Sin embargo, al contemplarlos,
mis ojos se llenaban de lágrimas,
repentinas y profundamente tristes.

No podía hacer otra cosa que reprenderme,
pues en mi hermoso hogar junto al lago
no habían entrado la necesidad ni la desgracia
que pudieran hacerme llorar.

Solo que mi corazón no hallaba reposo,
solo que mis pecados no eran perdonados,
solo que mi alma anhelaba algo más profundo
que el amor humano no podía satisfacer.

¡Mi suerte habría sido verdaderamente feliz!
Mi esposo me amaba con ternura y firmeza,
y mis pequeños, junto a mis rodillas,
me rodeaban con miradas cariñosas
y tiernas caricias.

Pero, desde hacía algún tiempo,
mi corazón se conmovía profundamente
por alguien que a veces caminaba junto al agua
y que una vez había levantado sus ojos serios
para mirarme.

Algunos decían que él era el Cristo.
Yo también lo creía,
pues nadie más podía tener
un poder tan maravilloso para conmover el alma.

En él pensaba aquella mañana
junto al mar de nuestra azul Galilea,
cuando de pronto vi las velas relucientes
de una pequeña embarcación sobre las olas.

Comprendí que él iba en ella.
Entonces oí un clamor más fuerte que las aguas,
y una multitud de personas se agolpó a mi alrededor.
Una voz conocida me llamó con entusiasmo:

«¡Ven, apresúrate!
El Maestro se dirige al desierto,
y nosotros iremos tras sus pasos».

Llamé alegremente a mis hijos,
y nos apresuramos por el estrecho sendero
hasta llegar al lugar desierto
donde Jesús se encontraba.

El Salvador había buscado un breve tiempo
para llorar la muerte de su amigo.
Por el capricho de una muchacha que había danzado,
el rey había silenciado para siempre
la valiente voz de Juan, el predicador.

Y el Señor había venido
para estar a solas con Dios
y con su dolor.

Nos agolpamos a su alrededor.
Primero llegaron los jóvenes,
después las mujeres y los pequeños,
luego los enfermos, llevados por sus amigos,
y, por último, los ancianos.

Apenas me atrevía a acercarme.
¿Estaría bien, me preguntaba,
interrumpir su soledad?
Tal vez nos reprendería
y nos enviaría de regreso
a nuestros hogares, ahora tan lejanos.

Pero entonces volvió su rostro hacia nosotros,
y me pareció que comprendía nuestros anhelos
y que nuestra presencia lo consolaba.

Nos sonrió, y sus ojos penetrantes
parecieron leer el rostro de cada uno.

«He venido, oh Señor;
no podía quedarme lejos»,
decían mis ojos por mí.

Entonces comenzó a hablarnos.
Contuvimos la respiración,
bebimos sus palabras con avidez
y lo adoramos con el corazón.

Nadie le tenía miedo.
Sentí las manos de mis queridos hijos
tirando de mí para acercarse a él,
hasta donde pudieran tocar sus pies.

Los mendigos se acercaban
y permanecían tan cerca de él
como aquellos que vestían túnicas de seda.

Era maravilloso contemplar
cómo, mientras escuchábamos,
la paz y la alegría entraban en nuestro espíritu.

Los ojos encendidos se volvían apacibles;
las voces orgullosas aprendían una nueva melodía;
los corazones inquietos encontraban sosiego,
satisfechos con su gran amor.

Todo el día nos habló el Maestro.
No advertimos cómo pasaban las horas.
Apenas escuchábamos el canto de los pájaros,
aunque sabíamos que seguían cantando.

La dulzura de la voz del Maestro
llenaba nuestro ser tan plenamente
que no necesitábamos otra música.

Aquel día comprendimos
que todos los corazones cansados
de este triste mundo
solo tenían que acudir a él
para encontrar descanso para siempre.

Al fin dejó de hablar.
Animados por su sonrisa bondadosa,
los enfermos se acercaron a él.

Pocas palabras pronunciaron;
sus sufrimientos hablaban por ellos,
y su mano los sanó uno por uno.

El leproso se acercó
y se marchó con la piel limpia.
El cojo llegó hasta él
y regresó saltando de alegría.

Los ojos ciegos lo contemplaron
y luego miraron las verdes colinas
y el lago resplandeciente,
llenándose de lágrimas felices.

El corazón desfallecido saltó de gozo,
y cada labio agradecido elevó sus alabanzas.

Así, el Señor dejó a un lado su dolor
y nos hizo felices.

Pero, finalmente, llegó el crepúsculo.
El dorado atardecer tiñó las aguas ondulantes,
y las sombras se deslizaron sobre las colinas,
vistiéndolas lentamente para la noche.

Entonces sentimos hambre.

Hasta aquel momento,
la alegría de estar en presencia del amado Maestro
nos había mantenido absortos,
con nuestros pensamientos llenos de él.

Pero ahora comenzó a invadirnos el desfallecimiento.
Los niños lloraban,
y empezamos a pensar de nuevo en nuestros hogares,
aunque deseábamos permanecer con Cristo el Señor
y no apartarnos jamás de su lado.

Entonces vimos a los amigos de Jesús susurrar:

«Despidamos a la multitud,
porque ya es tarde.
Que vayan a las aldeas
y compren algo de comer».

El Maestro nos miró con una sonrisa bondadosa.

«No necesitan marcharse;
dadles vosotros de comer».

«Solo tenemos dos peces y cinco panes».

Mirando a la multitud que aguardaba
y contemplando lo escaso de los alimentos,
preguntaron:

«¿Iremos a comprar comida para todos?».

Pero el Maestro, con una mirada de amor,
mandó a la multitud que se sentara
sobre la hierba verde.

Entonces tomó los panes
y los bendijo,
levantando los ojos al cielo.

¡Oh, qué feliz banquete tuvimos aquel día!
El Salvador comió con nosotros,
y mientras comíamos,
nuestros corazones se llenaron
de un amor que nos satisfacía.

Todos nuestros anhelos
y nuestra profunda inquietud
quedaron calmados para siempre.

No hubo un solo ojo
que no brillara de alegre felicidad,
ni una sola voz
que no alabara al Rey todopoderoso,

quien hizo de la tierra
la mesa del Señor,
donde aquel día
las almas fueron alimentadas.


One of the Crowd. Bible Echo and Signs of the Times, 15 de abril de 1889, p. 115.

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