Por A. F. Ballenger

Biblioteca de Libertad Religiosa — No. 106 — 1893

Battle Creek, Michigan · International Tract Society

Nota del editor

Esta edición restaura el tratado 106, originalmente impreso en 1893, en una traducción fiel al español moderno. Se conserva el argumento íntegro de Ballenger: el protestantismo no es una denominación, sino un principio. Y su abandono explica la crisis de la libertad religiosa en América.

  • Impreso: 1893
  • Autor: Albion Fox Ballenger (1861–1921)
  • Tema: Libertad religiosa, sábado, domingo
  • Dominio público

I. ¿Qué es el verdadero protestantismo?

El 19 de abril de 1529, en la Dieta de Spira, seis príncipes alemanes y catorce ciudades libres alzaron una protesta que daría nombre a toda una era. El emperador Carlos V y la mayoría católica habían decretado anular la tolerancia concedida en 1526 y restablecer la misa, prohibiendo toda innovación hasta un concilio general.

Ante aquella imposición del poder civil en materia de conciencia, los evangélicos respondieron. Su protesta es el acta de nacimiento del protestantismo, y conviene leerla sin recortes:

“Protestamos por este manifiesto ante Dios, nuestro Creador, Conservador, Redentor y Salvador, y que un día será nuestro Juez, como también ante todos los hombres y todas las criaturas, que nosotros, por nosotros y por los nuestros, en ningún modo consentimos ni nos adherimos de manera alguna a todo lo que, contrario a Dios, a su santa Palabra, a nuestra recta conciencia y a la salvación de nuestras almas, se ha propuesto en el último decreto de Spira.

Afirmamos, al mismo tiempo, que en todo lo que concierne a la gloria de Dios y a la salvación de nuestras almas, cada uno debe permanecer ante Dios por sí mismo y dar cuenta de sí mismo; que, en tales cosas, no hay otra doctrina cierta y segura sino la que es conforme a la Palabra de Dios…”

— Protesta de Spira, 19 de abril de 1529

El historiador J. H. Merle D’Aubigné resumió los dos principios contenidos en aquella protesta con precisión admirable:

  • Principio 1: El poder de la conciencia por encima de la autoridad del magistrado. (En cosas divinas, el Estado no tiene jurisdicción.)
  • Principio 2: La autoridad de la Palabra de Dios por encima de la autoridad de la Iglesia visible. (Solo lo conforme a la Escritura es regla segura de doctrina.)

He aquí, pues, el verdadero protestantismo: rechazo de toda intervención del poder civil en materia de fe, y apelación suprema a la Escritura como única regla. Todo lo que se aparte de esto, por más que lleve nombre protestante, es falso protestantismo.

II. De la pureza apostólica a la noche de mil años

El cristianismo primitivo mantuvo ambos principios con celo. “Mi reino no es de este mundo”, había dicho Cristo. Los apóstoles no pidieron edictos, sino que obedecieron a Dios antes que a los hombres. La Iglesia no gobernaba por la espada, sino por la Palabra.

Mas vino la apostasía. La Iglesia, cansada del oprobio, buscó el brazo del mundo. Constantino le ofreció el trono, y ella aceptó. Desde entonces, la verdad ya no se defendió con “Escrito está”, sino con decretos imperiales. El obispo de Roma se levantó sobre ruinas imperiales y se atribuyó poder para definir doctrina y para coaccionarla.

Siguió la noche de mil años. La Palabra fue encadenada en lengua muerta; la conciencia, amordazada por la Inquisición. Pero Dios no se quedó sin testigos. En el silencio, brillaron luces aisladas: Wycliffe, “la estrella matutina de la Reforma”, que tradujo la Biblia al inglés y declaró que la Escritura es el único gobierno de la Iglesia; Juan Huss, que en Praga enseñó que Cristo, no Pedro, es la Roca, y selló su testimonio en Constanza; y finalmente Lutero, que en Worms repitió la protesta de Spira: “Mi conciencia está cautiva a la Palabra de Dios. No puedo ni quiero retractarme”.

La Reforma no inventó nada. Restauró los dos principios de Spira. Y por ellos volvió a correr sangre, porque Roma nunca los ha tolerado.

III. El principio papal contrastado

Frente al principio protestante, el papado alza otro, diametralmente opuesto, que puede leerse sin disimulo en sus propios libros. En Catholic Belief, publicado en 1881 con aprobación eclesiástica, se lee:

“Como dos ríos sagrados que fluyen del Paraíso, la Biblia y la Tradición divina contienen la Palabra de Dios… De las dos, la Tradición es para nosotros más clara y segura.”

— Catholic Belief, p. 33, ed. 1881

He aquí el fundamento: la Palabra no basta. Hace falta otra fuente, más clara que ella, que es la voz de la Iglesia. Y si la Iglesia es fuente de verdad, debe tener poder para imponerla.

Por eso el segundo rasgo papal es invariable: siempre busca el poder civil. Desde Teodosio hasta la restauración temporal de 1929, Roma nunca ha creído en la suficiencia de la persuasión evangélica. La herejía no se refuta, se suprime. La conciencia no se ilumina, se coacciona. Ese es su principio, y no ha cambiado.

Si, pues, una iglesia que se dice protestante apela a la Tradición por encima de la Escritura, y pide al Estado que imponga por ley una observancia religiosa, ¿qué es, en principio, sino papal?

IV. Análisis de las iglesias americanas

Pasemos ahora la prueba de Spira a las grandes comuniones que en América llevan el nombre de protestantes, especialmente en la cuestión del día de reposo, donde el conflicto entre Escritura y Tradición se hace más visible, y donde la demanda de leyes dominicales revela el abandono del otro principio.

  1. La Iglesia Metodista Episcopal

Su Doctrina y Disciplina confiesa con candor: no hay instrucción registrada para el cambio del sábado al domingo. Se contenta con conjeturar que “muy probablemente durante el tiempo que [Cristo] habló de las cosas concernientes al reino” se hizo el cambio. Es decir, se admite la ausencia de mandato y se suple con probabilidad.

Y sin embargo, esa misma iglesia que no puede mostrar un “así dice el Señor” para su día, lo pide al Congreso. En 1892, su Conferencia General peticionó al gobierno federal el cierre obligatorio de la Exposición Colombina de Chicago en domingo. Apeló al brazo civil para sostener lo que no puede sostener por la Escritura. Principio papal en toda forma.

(Fuente: Methodist Discipline; peticiones para la Feria Mundial 1893)

  1. La Iglesia Episcopal Protestante

Con mayor franqueza aún, sus doctores preguntan y responden: “¿Hay algún mandato en el Nuevo Testamento para cambiar el día de reposo del séptimo al primer día de la semana? Ninguno”.

¿Cómo se sostiene entonces? “Fue una de las cosas que Cristo mandó a sus apóstoles después de su resurrección, durante los cuarenta días”. De nuevo, lo no registrado se vuelve artículo de fe. Y como si la conciencia no bastara, quince obispos episcopales firmaron la petición por una ley dominical nacional.

Tradición por encima de Escritura, y Estado por encima de conciencia: el programa de Spira invertido.

  1. La Iglesia Presbiteriana

También admite que no hay mandato registrado. ¿Su autoridad? La Epístola de Bernabé, “sea genuina o no”, y la Didaché. Es decir, escritos de autenticidad dudosa, posteriores a los apóstoles, elevados a regla por encima de la Escritura. Es exactamente la definición papal citada: la Tradición más clara y segura que la Biblia.

Y en lo civil, es uno de los pilares de la American Sabbath Union, organización dedicada a obtener leyes dominicales estatales y federales. El presbiterianismo americano, heredero de Knox, ahora toca a las puertas del César.

  1. La Iglesia Congregacional

Quizá la más ilustrada en su confesión. Sus teólogos admiten: Cristo refrendó el Decálogo; el sábado fue hecho para el hombre y para siempre; los discípulos se reunían en sábado después de la resurrección. Todo esto lo reconocen.

Y con todo, guardan el domingo, “por la costumbre de la Iglesia”, y redactan memoriales al Congreso pidiendo leyes que lo protejan. ¿Qué queda del principio protestante si se reconoce la verdad del sábado y se legisla el domingo?

  1. La Iglesia Bautista

Aquí el caso es doloroso. Sus historiadores escriben sin ambages: “Hasta la muerte de Cristo, no se había hecho ningún cambio en el día”, y “los apóstoles no dieron ningún mandato explícito para abandonar el sábado y observar el domingo”. Es la Iglesia de Roger Williams, que fundó Rhode Island precisamente sobre la base de que el magistrado no tiene poder en cosas de la primera tabla de la ley.

¿Qué ha sido de ella? Hoy pide “el brazo de la carne”. Su prensa reclama leyes dominicales. Ha olvidado que su existencia misma es fruto de la separación entre Iglesia y Estado.

Anécdota — Chicago, 1892

Un joven ruso, recién llegado, preguntó a un ministro bautista por qué los americanos guardaban el domingo si la Biblia dice sábado. El ministro respondió que la ley había sido cambiada. El joven pidió el texto. No hubo texto. Se le dijo que Cristo cambió el día después de resucitar. “¿Dónde está escrito?”, insistió. No hubo respuesta. El ruso concluyó: “Ustedes guardan una tradición de hombres y me piden a mí que deje la Palabra de Dios”. Salió de la reunión sin quedar convencido — y con razón.

  1. La Iglesia Cristiana / Discípulos de Cristo

Su fundador, Alexander Campbell, fue tajante: la doctrina del cambio del sábado “se originó en la noche oscura del papado”. Y estableció un axioma protestante: “Donde no hay testimonio, no puede haber fe. No hay testimonio de que el sábado fue cambiado, por tanto, creerlo es sin fe”.

Pero sus hijos han abandonado al padre. Un escritor moderno de la misma comunión declara, sin rubor: el domingo “no fue instituido por el Salvador, sino que se originó con el hombre mismo”, y acto seguido lo declara “inmensamente, inconmensurablemente, infinitamente superior al sábado”.

“El valor del domingo no depende de un mandato divino. Su observancia no requiere autoridad bíblica.”

— Escritor discípulo, 1890

¿Puede haber confesión más completa del principio papal? Se declara que una institución humana, sin mandato divino, es infinitamente superior a una institución divina. Esto no es protestantismo. Es Roma hablando en inglés.

V. ¿Está muerto el protestantismo americano?

Roma misma lo ha dicho, con lógica irrefutable: “Protestantismo y guardar el sábado, o Catolicismo y guardar el domingo”. Si el protestantismo es la Biblia y solo la Biblia, debe guardar el sábado de la Biblia. Si guarda el domingo, admite en principio la autoridad de la Iglesia para cambiar la ley.

Las iglesias americanas han escogido. Han abandonado lo que constituía su vida. Han cambiado la Escritura por la Tradición, y la libertad de conciencia por la coacción legal. ¿Qué les queda de protestantes sino el nombre?

Western Christian Advocate, 1893

“La Iglesia se está haciendo mundana a pasos agigantados. Los lugares de diversión se llenan de miembros de iglesia. La línea de separación entre la Iglesia y el mundo es casi imperceptible.”

Rev. Guirey, observador metodista

“Nunca hubo tanta predicación y tan poca piedad; tanta organización y tan poco poder espiritual. Hemos dejado la Palabra por las resoluciones y la oración por la política.”

La mundanalidad no es accidente. Es consecuencia. Cuando se abandona la regla segura — la Palabra — y se abandona la salvaguarda — la libertad de conciencia —, ¿qué puede seguir sino la conformidad con el mundo y la alianza con el Estado?

VI. Llamado final: Salid de Babilonia

La profecía había previsto esta caída. “¡Ha caído, ha caído Babilonia, la gran ciudad, porque ha hecho beber a todas las naciones del vino del furor de su fornicación!” — unión ilícita de Iglesia y Estado.

“Y oí otra voz del cielo, que decía: Salid de ella, pueblo mío, para que no seáis partícipes de sus pecados, ni recibáis parte de sus plagas; porque sus pecados han llegado hasta el cielo, y Dios se ha acordado de sus maldades.”

— Apocalipsis 18:4-5

Ese llamado no es a salir de una denominación para entrar en otra. Es a salir de los principios de Babilonia. Babilonia es confusión: Escritura más Tradición, persuasión más coacción. Y su culminación final, según Apocalipsis 14:9, es la imposición de la marca y la formación de la imagen de la bestia: una apostasía protestante que, habiendo abandonado los dos principios de Spira, usa el poder civil para imponer observancias religiosas y perseguir a los disidentes.

El movimiento adventista levanta hoy, no una nueva protesta, sino la misma de 1529: conciencia cautiva a la Palabra, y separación absoluta entre lo que es de Dios y lo que es del César. Guardar los mandamientos de Dios — incluyendo el sábado que Él santificó — y tener la fe de Jesús, sin pedir al Estado una hora de su poder.

Si el protestantismo ha de vivir, debe volver a Spira. Debe volver a la Biblia.

Apéndice I: La influencia del domingo sobre la Reforma

Muchos ignoran cuánto pesó el domingo en frenar la Reforma. Andreas Carlstadt, colega de Lutero en Wittenberg, fue más consecuente que Lutero en el principio de sola Scriptura. Defendió públicamente que el sábado bíblico permanecía obligatorio, pues no había Escritura para cambiarlo.

Lutero, irritado, le escribió: “Si Carlstadt escribe más sobre el sábado, el domingo tendrá que ceder”. La frase revela que Lutero sabía la debilidad de su posición. No podía defender el domingo por la Escritura, pero tampoco quería romper con la costumbre universal.

El punto decisivo ocurrió antes, en el debate de Leipzig con Johann Eck, en 1519. Eck acorraló a Lutero con la cuestión del sábado: “Si la Escritura sola es regla, ¿por qué guardáis el domingo, que no tiene autoridad escritural, sino solo de la Iglesia?”. Y Eck afirmó:

“La Iglesia ha transferido la observancia del sábado al domingo por su propio poder, sin Escritura.”

— Johann Eck, Debate de Leipzig, 1519

Lutero no pudo refutarlo. Optó por abolir en principio tanto sábado como domingo como días santos obligatorios — solo guardar el reposo para oír la Palabra —, pero en la práctica cedió. En el artículo 28 de la Confesión de Augsburgo escribió que no hay autoridad divina para el domingo, y en su Catecismo Menor cambió astutamente el tercer mandamiento de “Acuérdate del sábado” a “Santificarás el día santo”, dejando la puerta abierta a cualquier día que la Iglesia señalara.

Así, la Reforma quedó a medio camino. Rechazó al papa, pero conservó su día. Y al conservar el día, conservó el principio que lo sostiene: la Tradición por encima de la Biblia.

Apéndice II: El bautista y la libertad religiosa

Históricamente, el bautista fue el defensor más coherente de la libertad religiosa en América, precisamente porque había sufrido bajo leyes religiosas. El Dr. D. Read, historiador bautista, escribió:

“El reino de Cristo no es de este mundo. No necesita del poder civil para sostenerse. Pedir al Estado que proteja la religión con leyes dominicales es abandonar el terreno bautista y volver al papal. Nuestro principio ha sido siempre protección para todos, coerción para nadie.”

Este principio fue invocado aún en 1892 por G. W. Ballenger — pariente del autor — en Chicago, durante las audiencias sobre el cierre dominical de la Exposición Colombina. Ante el Comité del Congreso, protestó:

“Como bautista, protesto contra esta ley. Mis padres fueron encarcelados en Virginia por predicar el Evangelio sin licencia del Estado. Ahora se nos pide que encarcelemos a otros por no guardar un día que la Biblia no manda guardar. Si hoy pedimos ley para el domingo, mañana Roma pedirá ley para la misa. El principio es el mismo, y es anticristiano.”

— Protesta de G. W. Ballenger, Washington D.C., 1892

¿Escucharon sus hermanos? La mayoría votó a favor de la ley. El hijo de Roger Williams se hizo inquisidor.

Apéndice III: Alexander Campbell contra la coerción dominical

En 1820, cuando las Sociedades Morales de Nueva Inglaterra agitaban al Congreso para obtener una ley dominical nacional — antecesoras exactas de la American Sabbath Union de 1890 —, Alexander Campbell, fundador del movimiento Discípulos, escribió en el Christian Baptist una refutación que hoy parece profética:

“No hay un solo precepto en el Nuevo Testamento que autorice a obligar por ley civil al no cristiano a guardar el día del Señor. Obligar la conciencia en tal materia es antievangélico, anticristiano y opuesto al espíritu de nuestra instituciones. Si el domingo debe guardarse, que sea por amor, no por ley.”

— Alexander Campbell, Christian Baptist, 1821

Setenta y tres años después, el 13 de diciembre de 1893, dos ministros de su misma comunión, J. L. Parsons y J. A. De Moss, tuvieron que repetir la protesta en Indianapolis, ante la Convención de la American Sabbath Union:

“Protestamos contra toda legislación religiosa. Somos discípulos de Cristo, no discípulos del Estado. Si el domingo es de Dios, Dios sabrá vindicarlo sin necesidad de multas y cárceles. Pedir hoy ley para el domingo es preparar mañana ley contra nosotros. El papado comenzó así.”

— Parsons y De Moss, Indianapolis, 1893

Entre Campbell en 1820 y Parsons en 1893 se mide la caída. El padre dijo: no hay ley. Los hijos dicen: no hay Escritura, pero haya ley. De sola Scriptura a sola Tradición, de libertad de conciencia a coacción civil. Eso es, en dos palabras, lo que Ballenger llama protestantismo falso.

Notas y fuentes citadas en esta edición

  • Protesta de Spira: traducción del latín/alemán según D’Aubigné, History of the Reformation, libro XIII.
  • Catholic Belief, ed. aprobada 1881, p.33-35. Cita verificada en original inglés.
  • Disciplina Metodista Episcopal (1892), capítulo sobre el sábado; Episcopal Manual of Theology; Presbiterian Confession notes sobre Barnabas y Didaché.
  • Anecdota rusa: reportada por A.T. Jones en American Sentinel, 1892.
  • Alexander Campbell: Christian Baptist (1823-1827) y Debate with Bishop Purcell; escritor discípulo anónimo citado en Christian-Evangelist, 1890.
  • Apéndice I: Eck, Enchiridion locorum communium (1530); Lutero, carta a Carlstadt 1524; Confesión de Augsburgo art. XXVIII.
  • Apéndice II-III: Actas del Comité de la Feria Mundial, 1892; Christian Baptist 1821; Indianapolis Sabbath Convention 1893.

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