
Editorial
Hay una pregunta que incomoda más que cualquier acusación: «¿En qué pues sois bautizados?». Pablo se la hizo a unos discípulos de Éfeso que solo conocían el bautismo de Juan, y en mi sermón de este número, «Rebautismo o fanatismo», me atrevo a hacérnosla a nosotros. Sostengo que muchos de los que venimos de la Iglesia Adventista recibimos un bautismo de arrepentimiento centrado en la ley, pero conocimos muy poco a Cristo y su justicia. ¿Fanatismo? El fanático es el que se cree mejor y menosprecia al otro; volver al fundamento no es eso, es reconocer lo que nos faltaba.
El mismo hilo recorre todo el número. En 1872, Elena G. de White escribía que hablar del vestido era «remontar la corriente de la costumbre» y pedía mujeres con valor para romper con la esclavitud de la moda. En la boda de dos parejas recordamos el pacto del Edén, cuando el hombre se une a su mujer y son una sola carne, y que el hogar puede ser un pedacito de cielo en la tierra. Y en Torrelavega cinco almas bajaron a las aguas, algunas ya unidas en ese pacto, para comenzar también una nueva vida en Cristo.
Bautismo, vestido, matrimonio, entrega: en todo, la misma disyuntiva. ¿Seguimos la costumbre o el modelo original? Dios ya lo dijo: «Paraos en los caminos, y mirad, y preguntad por las sendas antiguas, cuál sea el buen camino, y andad por él». Aquella generación respondió que no andaría. Hoy también hay agua delante de ti. ¿Qué te impide dar el paso?
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