
«“Libro de la generación de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham.”
Mateo 1:1»
Cuando abrimos el Evangelio según Mateo, no estamos simplemente comenzando a leer la historia de un hombre que vivió hace casi dos mil años. Estamos entrando en el cumplimiento de una historia que comenzó mucho antes de Belén; una historia que encontramos en las promesas hechas a los patriarcas, en el pacto con David, en los escritos de los profetas y en la esperanza de Israel.
Mateo abre su Evangelio con unas palabras que parecen sencillas, pero que contienen una profundidad extraordinaria:
«“Libro de la generación de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham.”»
¿Por qué comienza con Abraham? ¿Por qué menciona a David? ¿Por qué presenta a Jesús como el Cristo?
Porque Mateo quiere que comprendamos desde el primer versículo que Jesús no apareció de repente en la historia. Su venida había sido anunciada por Dios desde antiguo.
A Abraham Dios le había dicho:
«“En ti serán benditas todas las familias de la tierra.”
Génesis 12:3.»
A David Dios le prometió:
«“Y será afirmada tu casa y tu reino para siempre delante de tu rostro, y tu trono será estable eternamente.”
2 Samuel 7:16.»
Los profetas hablaron de aquel que habría de venir.
Isaías anunció:
«“Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado; y el principado sobre su hombro.”
Isaías 9:6.»
Miqueas señaló incluso el lugar donde habría de nacer:
«“De ti me saldrá el que será Señor en Israel.”
Miqueas 5:2.»
Y ahora Mateo abre las páginas del Nuevo Testamento diciendo:
«“Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham.”»
Es como si Mateo levantara el velo y dijera:
La promesa ha llegado.
El Mesías ha venido.
El Rey ha aparecido.
CRISTO ES EL CENTRO DE TODA LA HISTORIA
Hay una verdad que debemos tener presente durante todo nuestro estudio de Mateo: Cristo no es una parte del Evangelio; Cristo es el centro del Evangelio.
No estudiamos Mateo simplemente para aprender acerca de Pedro, Juan, los fariseos, las parábolas, los milagros o las profecías. Todas esas cosas encuentran su significado cuando las vemos en relación con Jesucristo.
Jesús mismo declaró:
«“Escudriñad las Escrituras… y ellas son las que dan testimonio de mí.”
Juan 5:39.»
Las Escrituras dan testimonio de Cristo.
Por eso, cuando estudiemos Mateo, debemos mirar hacia atrás y preguntar:
¿Qué promesa del Antiguo Testamento está encontrando aquí su cumplimiento?
Y debemos mirar hacia adelante y preguntar:
¿Qué revela este pasaje acerca de Cristo y de su obra?
Porque Pablo dice:
«“Porque todas las promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén.”
2 Corintios 1:20.»
Cristo es el centro hacia el cual convergen las promesas.
EL REY PROMETIDO
Mateo presenta a Jesús desde el comienzo como el Hijo de David.
Esto no es un título accidental.
Dios había prometido un reino a David. Había prometido que su descendencia ocuparía el trono.
Por eso, cuando Jesús nace, unos hombres llegan preguntando:
«“¿Dónde está el Rey de los Judíos, que ha nacido?”
Mateo 2:2.»
¡Qué pregunta!
No preguntaron simplemente:
“¿Dónde está un niño?”
Preguntaron:
“¿Dónde está el Rey?”
Y desde ese momento se establece una de las grandes líneas de Mateo:
¿Quién es el verdadero Rey?
Herodes tiene un trono, pero teme a Cristo.
Los dirigentes religiosos tienen autoridad religiosa, pero rechazan al Mesías.
Roma tiene poder político, pero no puede impedir el propósito de Dios.
Y Jesús, aparentemente débil, pobre y rechazado, es presentado como el verdadero Rey.
Cuando entra en Jerusalén, la multitud proclama:
«“¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”
Mateo 21:9.»
Y Mateo conecta este acontecimiento con la profecía:
«“He aquí, tu Rey vendrá á ti, manso, y sentado sobre una asna.”
Mateo 21:5; comparar con Zacarías 9:9.»
El Rey ha venido.
Pero no viene como los reyes de este mundo.
No viene para conquistar mediante ejércitos.
Viene para conquistar mediante amor, verdad, sacrificio y justicia.
EL REINO DE LOS CIELOS
Y esto nos lleva a uno de los grandes temas de Mateo:
El Reino de los cielos.
Juan el Bautista comenzó anunciando:
«“Arrepentíos, que el reino de los cielos se ha acercado.”
Mateo 3:2.»
Y cuando Jesús comenzó su ministerio, proclamó:
«“Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado.”
Mateo 4:17.»
Jesús había venido anunciando un Reino.
Pero debemos preguntarnos:
¿Quién es el Rey?
Cristo.
¿Cuál es la naturaleza de su Reino?
Justicia, verdad, misericordia y santidad.
¿Quiénes pertenecen a ese Reino?
Aquellos que reciben al Rey.
Por eso el Sermón del Monte comienza hablando del carácter de los ciudadanos del Reino:
«“Bienaventurados los pobres en espíritu: porque de ellos es el reino de los cielos.”
Mateo 5:3.»
«“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia: porque ellos serán hartos.”
Mateo 5:6.»
Cristo no vino simplemente a cambiar nuestro comportamiento exterior.
Vino a cambiar el corazón.
CRISTO Y LA JUSTICIA
Aquí llegamos a uno de los grandes tesoros de Mateo.
Jesús dice:
«“Porque os digo que si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y de los Fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.”
Mateo 5:20.»
¿Qué clase de justicia es ésta?
No puede ser simplemente una justicia humana.
Isaías dice:
«“Todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia.”
Isaías 64:6.»
El hombre necesita algo que no posee por naturaleza.
Necesita la justicia de Dios.
Pablo dice:
«“Mas ahora, sin la ley, la justicia de Dios se ha manifestado, testificada por la ley y por los profetas.”
Romanos 3:21.»
Y esa justicia se revela en Jesucristo.
Por eso Mateo 5:17 es tan importante:
«“No penséis que he venido para abrogar la ley ó los profetas: no he venido para abrogar, sino á cumplir.”»
Cristo no vino a disminuir la justicia.
Vino a revelarla perfectamente.
La Ley dice:
«“No matarás.”»
Cristo va al corazón y muestra que el odio también necesita ser vencido.
La Ley dice:
«“No adulterarás.”»
Cristo llega hasta los pensamientos y deseos del corazón.
¿Por qué?
Porque Dios no quiere una religión de apariencia.
Quiere un pueblo cuyo corazón haya sido transformado por Cristo.
Y aquí comprendemos la belleza de la justicia por la fe.
No somos llamados a producir justicia separados de Cristo.
Jesús dijo:
«“Sin mí nada podéis hacer.”
Juan 15:5.»
Pablo dice:
«“Con Cristo estoy juntamente crucificado, y vivo, no ya yo, mas vive Cristo en mí.”
Gálatas 2:20.»
Cristo no solamente perdona al pecador.
Cristo vive en el creyente.
Por eso la obediencia cristiana no es el intento del hombre de ganarse el favor de Dios.
Es el fruto de una vida rendida a Cristo.
“BUSCAD PRIMERAMENTE EL REINO”
Después de hablar acerca de las preocupaciones de la vida, Jesús pronuncia una de las declaraciones más hermosas del Sermón del Monte:
«“Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.”
Mateo 6:33.»
Observemos cuidadosamente:
Jesús no dice solamente:
“Buscad el Reino.”
Dice:
«“El reino de Dios y su justicia.”»
Aquí tenemos nuevamente los dos grandes asuntos:
El Reino.
La justicia.
Y ambos tienen su centro en Cristo.
Porque el Reino tiene un Rey.
Y la justicia del Reino se revela en el carácter del Rey.
Por eso, cuanto más conocemos a Cristo, más comprendemos la verdadera justicia.
EL REY QUE SANA
Pero Mateo no presenta a Jesús solamente como Maestro.
Lo presenta también como el Salvador que restaura.
Mateo 4:23 resume su ministerio:
«“Y rodeó Jesús toda Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.”»
Cristo enseñaba.
Cristo predicaba.
Cristo sanaba.
Y sus milagros eran señales de algo mayor.
Cuando Jesús sana al paralítico, primero dice:
«“Confía, hijo; tus pecados te son perdonados.”
Mateo 9:2.»
Después sana su cuerpo.
¿Por qué?
Porque Cristo vino a tratar con el problema completo del hombre.
El pecado ha producido separación de Dios, sufrimiento, enfermedad y muerte.
Y Cristo vino a restaurar.
Mateo cita Isaías:
«“Él mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias.”
Mateo 8:17; comparar con Isaías 53:4.»
Aquí encontramos al mismo Cristo que perdona el pecado y lleva nuestras enfermedades.
EL CONFLICTO ENTRE CRISTO Y LA FALSA RELIGIÓN
A medida que avanzamos en Mateo encontramos una confrontación cada vez más fuerte.
Cristo no entra en conflicto con personas porque sean pecadores necesitados de misericordia.
En cambio, confronta especialmente una religión que pretende tener justicia sin Cristo.
Los escribas y fariseos conocen las Escrituras.
Conocen la Ley.
Conocen las profecías.
Pero pueden tener todo ese conocimiento y, sin embargo, rechazar al Mesías.
Por eso Jesús dice:
«“Este pueblo con los labios me honra; mas su corazón lejos está de mí.”
Mateo 15:8.»
Esta es una advertencia solemne para todo creyente.
Podemos conocer profecía.
Podemos conocer doctrina.
Podemos hablar acerca de la Ley.
Podemos defender el sábado.
Podemos estudiar Daniel y Apocalipsis.
Podemos conocer la historia de los pioneros.
Y aun así debemos hacernos la pregunta:
¿Conocemos a Cristo?
Porque la verdad nunca fue dada para alejarnos de Jesús.
Toda verdad debe llevarnos a Jesús.
EL SÁBADO Y CRISTO
Incluso cuando Mateo presenta el sábado, Cristo permanece en el centro.
Mateo 12 registra la controversia sobre el sábado.
Jesús dice:
«“Porque el Hijo del hombre es Señor aun del sábado.”
Mateo 12:8.»
El sábado no es presentado como enemigo de Cristo.
Cristo es su Señor.
Y Jesús muestra el verdadero espíritu del mandamiento:
«“Misericordia quiero, y no sacrificio.”
Mateo 12:7.»
El sábado pertenece al Dios que creó.
Y el Cristo que hizo todas las cosas es su Señor.
Por eso, aun cuando estudiamos el sábado, debemos terminar mirando a Cristo.
EL MISTERIO DEL REINO
Llegamos a Mateo 13.
Jesús comienza a hablar mediante parábolas:
El sembrador.
El trigo y la cizaña.
El grano de mostaza.
La levadura.
El tesoro escondido.
La perla de gran precio.
La red.
¿Por qué?
Porque Cristo quiere mostrarnos cómo opera su Reino.
El Reino comienza de manera aparentemente pequeña.
Hay crecimiento.
Hay oposición.
Hay falsificación.
Hay separación.
Y finalmente llega la cosecha.
La parábola del trigo y la cizaña termina señalando hacia el juicio.
El Reino tendrá una consumación.
Cristo no solamente vino.
Cristo volverá.
CRISTO Y EL JUICIO
Mateo nos conduce inevitablemente hacia el juicio.
Jesús dice:
«“No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos; mas el que hiciere la voluntad de mi Padre que está en los cielos.”
Mateo 7:21.»
Después, en Mateo 13, habla de la separación entre trigo y cizaña.
En Mateo 22 presenta el banquete de bodas.
En Mateo 24 anuncia su segunda venida.
Y en Mateo 25 encontramos las diez vírgenes, los talentos y finalmente el juicio de las naciones.
¿Por qué?
Porque Mateo quiere enseñarnos que la venida de Cristo exige preparación.
No basta con saber que Jesús regresará.
Debemos estar preparados para encontrarnos con Él.
“HE AQUÍ, EL ESPOSO VIENE”
Mateo 25:
«“He aquí, el esposo viene; salid á recibirle.”»
Esta es una de las grandes notas proféticas de Mateo.
Hay un pueblo esperando.
Hay una noche de espera.
Hay lámparas.
Hay aceite.
Y llega el clamor.
Pero no todos están preparados.
Esto nos obliga a mirar nuevamente a Cristo.
No basta con tener una lámpara.
Necesitamos aceite.
Necesitamos al Espíritu de Dios.
Necesitamos que Cristo habite en nosotros.
La preparación para la segunda venida no consiste simplemente en saber cuándo viene.
Consiste en estar en Cristo cuando venga.
EL REY VA A LA CRUZ
Y ahora Mateo nos conduce al punto culminante.
El Rey prometido.
El Hijo de David.
El Maestro.
El Sanador.
El que anunció el Reino.
El que venció a Satanás.
El que enseñó la Ley en toda su profundidad.
Ahora es llevado a una cruz.
¿Por qué?
Isaías había dicho:
«“Él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados.”
Isaías 53:5.»
Pedro dice:
«“El cual llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero.”
1 Pedro 2:24.»
Pablo dice:
«“Cristo murió por nuestros pecados conforme á las Escrituras.”
1 Corintios 15:3.»
La cruz nos muestra el verdadero costo del pecado.
Pero también nos muestra la profundidad del amor de Dios.
El Rey no salva a su pueblo desde lejos.
Se entrega por su pueblo.
PERO EL SEPULCRO NO PUDO RETENERLO
Mateo 28 comienza con la noticia gloriosa:
«“No está aquí; porque ha resucitado, como dijo.”
Mateo 28:6.»
El Cristo crucificado vive.
Y ahora llega la declaración:
«“Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra.”
Mateo 28:18.»
¡Qué hermoso final!
El libro comenzó con:
«“Jesucristo, hijo de David.”»
Y termina con:
«“Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra.”»
Comenzó con un Rey anunciado.
Termina con un Rey victorioso.
Comenzó con el niño de Belén.
Termina con el Cristo resucitado.
Comenzó con la promesa.
Termina con la victoria.
“ID Y PREDICAD”
Y entonces Cristo entrega su comisión:
«“Por tanto, id, y doctrinad á todos los Gentiles…”
Mateo 28:19.»
¿Por qué a todas las naciones?
Porque la promesa hecha a Abraham debía alcanzar a todas las familias de la tierra.
El Evangelio comenzó con Abraham:
«“En ti serán benditas todas las familias de la tierra.”
Génesis 12:3.»
Y termina con:
«“Id… á todos los Gentiles.”
Mateo 28:19.»
El Evangelio del Reino debe llegar a todo el mundo.
Y aquí Mateo conecta maravillosamente con Mateo 24:14:
«“Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, por testimonio á todos los Gentiles; y entonces vendrá el fin.”»
El Reino que Cristo comenzó anunciando debe ser proclamado a todo el mundo antes del fin.
“YO ESTOY CON VOSOTROS”
Y finalmente llegamos a las últimas palabras del libro:
«“He aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.”
Mateo 28:20.»
¿No es extraordinario?
Mateo comenzó diciendo:
«“Emmanuel… Dios con nosotros.”
Mateo 1:23.»
Y termina:
«“Yo estoy con vosotros.”»
Desde la primera página hasta la última, el mensaje es:
CRISTO ESTÁ CON SU PUEBLO.
El Cristo que nació está con nosotros.
El Cristo que venció la tentación está con nosotros.
El Cristo que predicó el Reino está con nosotros.
El Cristo que sanó está con nosotros.
El Cristo que murió está con nosotros.
El Cristo que resucitó está con nosotros.
Y el Cristo que volverá estará con nosotros.
CONCLUSIÓN
Por eso, al comenzar nuestro estudio del Evangelio según Mateo, no quiero que lo abramos simplemente preguntando:
“¿Qué doctrina encontramos aquí?”
Quiero que hagamos una pregunta mucho más profunda:
¿QUÉ ME REVELA ESTE LIBRO ACERCA DE JESUCRISTO?
Porque en Cristo encontramos la promesa.
En Cristo encontramos la justicia.
En Cristo encontramos el Reino.
En Cristo encontramos el perdón.
En Cristo encontramos la obediencia.
En Cristo encontramos la victoria sobre la tentación.
En Cristo encontramos sanidad.
En Cristo encontramos esperanza.
En Cristo encontramos el camino hacia el Padre.
En Cristo encontramos la preparación para el juicio.
En Cristo encontramos la esperanza de la segunda venida.
Y en Cristo encontramos la vida eterna.
Juan escribió:
«“Y esta es la vida eterna: que te conozcan el solo Dios verdadero, y á Jesucristo, al cual has enviado.”
Juan 17:3.»
Por eso, al abrir Mateo, no abrimos simplemente un libro antiguo.
Abrimos el testimonio de Dios acerca de su Hijo.
Y mientras avancemos por sus 28 capítulos, veremos al mismo Cristo una y otra vez:
Cristo, el Hijo de David.
Cristo, el Hijo de Abraham.
Cristo, el Hijo de Dios.
Cristo, el Hijo del hombre.
Cristo, el Rey.
Cristo, el Maestro.
Cristo, el Sanador.
Cristo, el Cordero que muere por nuestros pecados.
Cristo, el Salvador resucitado.
Cristo, el Rey que volverá.
Y cuando finalmente lleguemos al último capítulo, podremos levantar los ojos y escuchar nuevamente sus palabras:
«“Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra.”»
Y entonces:
«“He aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.”»
Ese es el Cristo que Mateo quiere que conozcamos.
Ese es el Cristo que queremos estudiar.
Ese es el Cristo que queremos predicar.
Y ese es el Cristo que debe estar en el centro de toda nuestra fe, de toda nuestra doctrina, de toda nuestra obediencia y de toda nuestra esperanza.
