Como resultado de la desobediencia de Adán, todo ser humano es transgresor de la ley y está vendido bajo el pecado. A menos que el hombre se arrepienta y sea convertido, está bajo la esclavitud de la ley, sirviendo a Satanás, cayendo en los engaños del enemigo y dando testimonio contra los preceptos de Jehová. Solo mediante la obediencia perfecta a los requerimientos de la santa ley de Dios puede el hombre ser justificado. Que aquellos cuyas naturalezas han sido pervertidas por el pecado mantengan siempre sus ojos fijos en Cristo, el autor y consumador de su fe.
Nadie que crea en Jesucristo está bajo la esclavitud de la ley de Dios; porque Su ley es una ley de vida, no de muerte, para los que obedecen sus preceptos. Todos los que comprenden la espiritualidad de la ley, todos los que reconocen su poder como detector del pecado, se hallan en una condición tan impotente como la del mismo Satanás, a menos que acepten la expiación provista para ellos en el sacrificio remedial de Jesucristo, quien es nuestra expiación—reconciliación con Dios.
Mediante la fe en Cristo, la obediencia a cada principio de la ley se hace posible. Así aprendió Pablo que “la ley es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno”. Para nuestro beneficio, él pregunta: “¿Luego lo que es bueno vino a ser muerte para mí? En ninguna manera. Antes el pecado, para mostrarse pecado, obró muerte en mí por medio de lo que es bueno; a fin de que por el mandamiento el pecado llegase a ser sobremanera pecaminoso. Porque sabemos que la ley es espiritual; mas yo soy carnal, vendido al pecado”. (Romanos 7:13, 14).
En el pasado, muchos que despreciaron voluntariamente la ley de Dios no fueron llevados a amar y obedecer Su ley por los juicios amenazados que con certeza serán visitados sobre todo transgresor. En su obstinada perversidad, odiaban la ley que condenaba su mal proceder. Su rebelión se hizo aún más decidida y pronunciada, dando fruto para muerte.
A menos que por fe aceptemos el plan infinito de salvación, estamos sin sabiduría divina. Pero todo aquel que cree en Cristo, todo aquel que confía en el poder guardador de un Salvador resucitado que ha sufrido la pena pronunciada sobre el transgresor, todo aquel que resiste las tentaciones y, en medio del mal, se esfuerza por copiar el modelo dado en la vida de Cristo, llegará, por medio de la fe en el sacrificio expiatorio de Cristo, a ser participante de la naturaleza divina, habiendo escapado de la corrupción que hay en el mundo por la concupiscencia.
Solo aquellos que, por la fe en Cristo, obedecen todos los mandamientos de Dios alcanzarán la condición de impecabilidad en la que vivía Adán antes de su transgresión. Ellos dan testimonio de su amor a Cristo obedeciendo todos Sus preceptos, incluido el que se relaciona con la observancia del sábado, el séptimo día de la semana, el día que Él bendijo y santificó, “porque en él reposó de toda su obra”. (Génesis 2:3).
Desde la columna de nube Jesús “habló a Moisés, diciendo: Habla tú también a los hijos de Israel, diciendo: En verdad vosotros guardaréis mis sábados; porque es señal entre Mí y vosotros por vuestras generaciones, para que sepáis que Yo soy Jehová que os santifico”. (Éxodo 31:12, 13). El sábado es una prenda dada por Dios al hombre,—una señal de la relación existente entre el Creador y Sus criaturas. Al observar el memorial de la creación del mundo en seis días y el reposo del Creador en el séptimo día, al guardar el sábado santo conforme a Sus instrucciones, los israelitas debían declarar al mundo su lealtad al único Dios verdadero y viviente, el Soberano del universo.
Al observar el verdadero sábado, los cristianos han de dar siempre al mundo fiel testimonio de su conocimiento del Dios verdadero y viviente, en contraste con todos los dioses falsos, porque el Señor del sábado es el Creador de los cielos y de la tierra, el que es exaltado por encima de todos los demás dioses.
“Guardaréis, pues, el sábado, porque santo es a vosotros…. Seis días se trabajará, mas el séptimo día es sábado de reposo, santo a Jehová; cualquiera que hiciere obra alguna en el día de sábado, ciertamente morirá. Por tanto, los hijos de Israel guardarán el sábado, celebrándolo por sus generaciones por pacto perpetuo. Señal es para siempre entre Mí y los hijos de Israel; porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, y en el séptimo día reposó y fue reanimado”. (Éxodo 31:14-17).
Con estas palabras, Cristo ha colocado este asunto más allá de toda sofistería de la conjetura humana. “Y dio a Moisés, cuando acabó de hablar con él en el monte Sinaí, dos tablas del testimonio, tablas de piedra, escritas con el dedo de Dios”. (Éxodo 31:18). Nada de lo escrito en esas tablas podía ser borrado. El precioso registro de la ley fue colocado en el arca del testimonio y aún permanece allí, guardado con seguridad del linaje humano. Pero en el tiempo señalado por Dios, Él sacará a la luz estas tablas de piedra para que sean un testimonio a todo el mundo contra el desprecio de Sus mandamientos y contra la adoración idólatra de un sábado falsificado.—Manuscrito 122, 1901, 1–4. (“La Ley”, 23 de noviembre de 1901).
Publicado el 10 de agosto de 1977.
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