
Al comenzar el Evangelio, Marcos nos presenta los cielos abiertos y la voz del Padre declarando acerca de Jesús: «Tú eres mi Hijo amado» (Marcos 1:11). Pero, al llegar a la cruz, no escuchamos una voz celestial que lo libre del sufrimiento; contemplamos al Hijo entregando su vida. Y allí, frente a aquel crucificado, un centurión romano exclama: «Verdaderamente este hombre era el Hijo de Dios» (Marcos 15:39).
¡Qué revelación! Marcos comienza con el Padre declarando quién es Jesús y nos conduce hasta la cruz, donde un hombre reconoce quién es Él. El Hijo amado no dejó de serlo cuando sufrió; su sacrificio nos revela la profundidad de su misión. El que fue anunciado desde los cielos es el mismo que se entregó por nosotros en la tierra. Y para conocer verdaderamente al Hijo de Dios, no basta contemplar su gloria: debemos comprender también el amor que manifestó al entregar su vida.
Simón A. Batista
