Por: John Garcia
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INTRODUCCIÓN:
Dos vecinos, que durante años compartieron conversaciones sobre la fe, se encuentran frente al Juez del cielo. Ambos recibieron la misma luz del cielo, la verdad presente que debía guiarlos a conocer a Dios y su Hijo. El primero, encadenado a tradiciones humanas y enseñanzas de iglesia, con orgullo y voz temblorosa presentó sus obras: “Señor, Señor, profeticé en tu nombre, expulsé demonios, hice milagros…”. Pero su corazón jamás buscó verdadera comunión; su fe era superficial, rígida, y había despreciado la luz enviada del cielo que lo habría guiado al Creador y a cumplir Su voluntad. El otro, humilde y sediento de verdad, abrió su corazón al estudio y permitió que la luz celestial lo transformara; sus obras brotaban del amor, de la obediencia y la confianza en Dios y en Su Hijo. Entonces resonaron las palabras que estremecieron el universo: “Nunca os conocí; apartaos de mí, obradores de maldad” (Mat. 7:23). Hoy, hermanos, esta historia nos recuerda que la verdad presente está en el mensaje de los tres ángeles (Apoc. 14:7), revelando la senda hacia el conocimiento del Padre y del Hijo, la verdadera adoración y la vida eterna. Nos guía a guardar los primeros cuatro mandamientos y, al ser juzgados, seremos hallados adoradores del Padre y del Hijo, y NO adoradores de la bestia, su imagen y su falso dios. Vayamos pues a conocer esta gran verdad presente.
PARTE I: LA JUSTICIA DIVINA
La Vida es conocer al Hijo
La vida eterna está en conocer a Dios y a su Hijo Jesucristo (Juan 17:3). No es suficiente tener un conocimiento superficial; debemos conocerles de tal manera que confiemos plenamente en Él, tengamos una comunión constante y sincera, y le amemos y sirvamos como sólo Él se lo merece. Esa comunión nos guiará inevitablemente a la obediencia, porque la verdadera devoción surge del corazón que reconoce la grandeza y santidad de Dios.
Jesús dijo a la Samaritana que Dios quiere que lo adoren en espíritu y verdad

Dios busca que le adoren en espíritu y en verdad (Juan 4.24). No se complace en rituales vacíos ni en adoración superficial; lo que Él desea es un pueblo que reconozca su justicia y le glorifique tal como es. Este mismo principio se revela en el mensaje del primer ángel: “Temed a Dios y dadle gloria, porque la hora de su juicio ha llegado; y adorad a aquel que hizo el cielo, la tierra, el mar y las fuentes de las aguas” (Apocalipsis 14:7).
Juzgados por conocer o no
Hermanos, consideremos la necesidad del mensaje para prepararnos para el juicio.
Este mensaje es indispensable porque el juicio de la iglesia ya ha comenzado en el cielo. Un juicio donde se examina la profesión de fe: se juzga por las obras si verdaderamente creemos lo que profesamos. Jesús advirtió enfáticamente que de todos los llamados, pocos serían escogidos para la vida eterna (Mat 22:9-14). ¡Observemos las parábolas! En el reino, es decir, en la iglesia, siempre hay dos grupos de creyentes. Ahora se está determinando a cuál grupo pertenece cada alma, y los infieles reciben su castigo. Las parábolas del trigo y la cizaña (Mat 13:24-30), el vestido de bodas (Mat 22:2-14), los talentos (Mat 25:14-30), las diez vírgenes (Mat 25:1-13) y la red (Mat 13:47-50) muestran el juicio que está ocurriendo, separando a los verdaderos de los falsos.

¡Y cómo se juzga? Por la ley del amor (Santiago 2:8-12), porque cumplir la ley es amar (Rom 13:10). Si decimos amar a Dios, se manifiesta en nuestras obras: obedecer los primeros cuatro mandamientos, no tener dioses ajenos, no hacer imágenes para adorarlas, no vanificar el nombre de Dios y santificar el día de reposo (Éxodo 20:1-11). ¡Este es el estándar que revela quién es verdaderamente fiel ante Dios!
Este mensaje del juicio es el evangelio eterno, la proclamación que ha de guiar a todos a la verdadera adoración.
El resultado de la predicación de los tres ángeles es la formación de un pueblo que verdaderamente adora a Dios y a su Hijo Jesús (Apocalipsis 14:12). Así, la verdadera adoración no es opcional ni secundaria; es el
Todos estamos compareciendo ahora en el Juicio de la Iglesia cumplimiento del propósito de Dios para la humanidad.
Por eso, toda enseñanza que distorsione a Dios, que le robe la gloria y la adoración que sólo a Él le corresponde para dársela a otro ser o cosa, es peligrosa. Nos roba la vida eterna al privarnos del conocimiento de Dios y de Su Hijo, llevándonos a confiar en sustitutos que nos conducen a la desobediencia y a la muerte.
El mensaje de los tres ángeles advierte claramente contra Babilonia y su vino de falsas doctrinas, cuyo objetivo es robarle a Dios su gloria y arrastrar a la humanidad a la adoración de la bestia y su imagen (Apocalipsis 14:8-13). Adorar a la bestia es adorar al dragón, el enemigo de Dios (Apocalipsis 13.4).
PARTE II: LA JUSTA Y VERDADERA ADORACIÓN
¿A quién debemos adorar?
Escrito está: debemos adorar únicamente a Dios.
“Temed a Dios y dadle gloria” (Apocalipsis 14:7).
Jesús declaró que el único Dios verdadero es el Padre (Juan 17.3), y que sólo a Él debemos adorarlo y servirle (Mateo 4.10). La adoración verdadera se realiza al Padre en espíritu y verdad (Juan 4.24). Pablo enseñó lo mismo, asegurando que para los apóstoles y la iglesia apostólica sólo existía un Dios: el Padre (1 Cor 8.6).
¿Quién es el Dios que debemos temer, glorificar y adorar? Al Padre y al Creador (Apocalipsis 14:6-7). Y, ¿quién es el Creador del cielo, la tierra, el mar y todo lo demás? Según Juan 1:1-3, Cristo, el Verbo, es Dios y es el Creador de todo; no hay nada que no haya sido creado por Él. No existe un “otro” ser creador. Según Hebreos 1:1-2, Dios el Padre no creó nada personalmente sino únicamente por medio de Su Hijo. Colosenses 1:15-17 reafirma esto: todo fue creado por medio de Cristo y para Él; nada existe que haya sido creado por otro. Según Hebreos 1:3, Cristo sustenta todo por Su palabra. No hay otro sustentador. Dios el Padre no puso a nadie más a sustentar nada, sólo a Cristo.
Además, el Padre mismo ordenó que Su Hijo fuese adorado (Hebreos 1:6), nunca dijo que adorásemos a “otro”. Llamó a Su Hijo “Dios” (Hebreos 1:8) y testificó que Él es el Creador, que hizo todo con Sus propias manos (Hebreos 1:10). Nunca habló de otro ser con esta autoridad.

¿Y el Espíritu Santo?
Cuando la Biblia menciona al Espíritu Santo en la creación, no se presenta como un ser, sino como el poder que Dios emplea a través de Cristo. Génesis 1:2 dice: “El Espíritu se movía sobre la faz de las aguas”, donde el verbo en el original indica “aletear” sobre la superficie del agua, generando ondas por el movimiento del Espíritu de Dios. No se presenta como persona creadora, sino como la gloria o irradiación santa que Cristo usó para crear.
El Salmo 104:30 dice que Dios envía Su Espíritu y son creados, y que Dios renueva la faz de la tierra; la acción se atribuye a Dios, no al Espíritu como entidad independiente. En Job 33:4, se declara que el espíritu de Dios dio vida: “El soplo del Omnipotente me dio vida”. Esto es una clara alusión a Génesis 2:7, donde Jehová Dios sopló en la nariz del hombre el aliento de vida. Otra vez la acción se atribuye al Espíritu que se presenta como el aliento y poder de Cristo.
1 Corintios 8:6 enseña que el único Dios es el Padre y el único Señor es Jesús. El Padre está sobre todos, incluso sobre Jesús, y ha delegado todo en Su Hijo (Juan 5:21-23).
En Conclusión: Cristo es el Jehová Dios que creó todo en seis días y descansó el séptimo (Génesis 2:1-2), siempre por mandato de su Padre, no por decisión propia. Cristo bendijo y santificó el séptimo día (Génesis 2:3) y es el Jehová del cuarto mandamiento (Éxodo 20:8-11). Por eso, con toda propiedad, el sábado es el día del Señor, el día del Señor Jesús (Mateo 12:8).
Cuando el primer ángel dice: “Tened temor de Dios y dadle gloria”, se refiere al Padre; cuando dice: “Adorad al que hizo todo”, se refiere al Hijo. Esta es la verdadera adoración, un llamado a volver a los cuatro primeros mandamientos con entendimiento correcto, y es una verdad presente, porque la hora del juicio ha llegado.
El Padre y el Hijo cubiertos de la gloria que es su espiritu santo
PARTE III: LA IMPOSIBILIDAD HUMANA PARA ADORAR
¿Cómo podremos adorar en espíritu y en verdad? ¿Cómo dejar la idolatría? La ley dice que no debemos tener un dios ajeno ni hacer imágenes ante las cuales nos inclinemos (Éxodo 20.1-5). Estos dos mandamientos se refieren al Padre y al Hijo.
Orígen de la Idolatría
A Lucifer se le dio esta orden en el cielo, y contra ella se rebeló, deseando ser adorado junto con el Padre y el Hijo (Isaías 14.13; Ezequiel 28.17). Adán y Eva recibieron la misma instrucción, pero se rebelaron (Génesis 3:1-6). Desde entonces, nosotros, sus hijos, hemos nacido desobedientes, con la imagen de Dios pervertida en nosotros (Génesis 5:1-3). Así como Adán y Eva se cubrieron así mismos sus pecados y se escondieron de Dios, nosotros también lo hacemos (Génesis 3:8-10).

Enfermos de pecado
Nuestra condición es que nacemos esclavos del pecado (Romanos 5:12; 7:14) y, aun sin querer, pecamos (Romanos 7:24). Tenemos una deuda con la justicia (Ezequiel 18:4, 20; Romanos 6:23), una naturaleza pecaminosa (Romanos 8:6-7) y un corazón perverso (Jeremías 17:9; Mateo 15:19).
Quiere decir que hemos nacido esclavos de la idolatría. Y aún, sin querer hemos adorado a otro dios. Y por eso, tenemos una deuda con la justicia; tenemos una deuda por nuestra idolatría. Ademas, nuestra naturaleza humana es dada a la idolatría. Nuestro corazón también tiene una propensión, una tendencia a la idolatría, a servir al yo o a otro dios.
Eso evidencia que estamos enfermos de pecado, y en este caso particular; enfermos de idolatría. Por nuestra condición de nacimiento y naturaleza corrompida, no podemos obedecer la ley (Romanos 7:14-24), somos idólatras y estamos condenados a la muerte eterna.

Necesitamos ser curados
¿Cómo podemos librarnos de la muerte y ser obedientes? ¿Cómo se liberados y curados de la idolatría? Necesitamos:
Reconocer nuestro pecado (Romanos 7:24).
Buscar un Salvador (Romanos 7:25) que:
Pague nuestra deuda,
Nos libere,
Nos perdone,
Nos dé la fe,
Nos dé un nuevo corazón que desee obedecer,
Nos guíe en arrepentimiento, confesión y restitución,
Nos empodere en la obediencia.
Esto resume que necesitamos a Cristo y Su justicia, imputada e impartida.
Así, el mensaje del primer ángel no solo nos guía a la verdadera adoración, sino que nos recuerda que sin Cristo, ningún ser humano puede adorar correctamente a Dios. Reconociendo esta verdad, nos acercamos al Padre y a Su Hijo en espíritu y verdad, cumpliendo el propósito eterno para el cual fuimos creados. En la siguiente parte estudiaremos, el cómo podemos ser librados y curados de la idolatría, así como de cualquier pecado.
