Hoy, 31 de octubre de 2026, se cumplen 509 años desde que Martín Lutero dio a conocer sus noventa y cinco tesis. En este aniversario, la profecía bíblica nos ayuda a responder dos preguntas: ¿quién levantó la Reforma y cuál era la iglesia de Cristo en aquel tiempo?

Dos preguntas para un aniversario

Muchos ven la Reforma como una rebelión de monjes descontentos o un asunto de política alemana. Y si en 1517 la iglesia de Cristo era la Iglesia de Roma, Lutero fue un rebelde. Si no lo era, hay que preguntarse dónde estaba.

La guía para responder no es la tradición, sino la sola Escritura y, en este caso, la profecía. Jesús mismo lo enseñó: «Y ahora os lo he dicho antes que se haga; para que cuando se hiciere, creáis» (Juan 14:29). El texto base del sermón está en el sermón profético de Jesús:

«Porque habrá entonces grande aflicción, cual no fue desde el principio del mundo hasta ahora, ni será. Y si aquellos días no fuesen acortados, ninguna carne sería salva; mas por causa de los escogidos, aquellos días serán acortados» (Mateo 24:21-22).

El sermón recorre tres pasos de la profecía: la iglesia que Cristo reconoce, la apostasía que él anunció y los días que él prometió acortar.

Primer paso: la iglesia que Cristo reconoce

La denominación es la organización, con su nombre, sus edificios y su registro legal. La iglesia es otra cosa. Jesús la definió así: «Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy en medio de ellos» (Mateo 18:20).

Elena de White lo escribió en 1886 desde Nimes, cuando unos pocos hermanos de esa ciudad habían aceptado el sábado:

«Dios posee una iglesia. No es una gran catedral, ni la iglesia oficial establecida, ni las diversas denominaciones; sino el pueblo que ama a Dios y guarda sus mandamientos» (Alza tus ojos, p. 313).

Los criterios no son el tamaño ni la antigüedad, sino la presencia de Cristo y el amor y la obediencia a los mandamientos de Dios.

Roma alega la sucesión apostólica, una cadena de obispos desde Pedro, pero el Nuevo Testamento no la enseña. La iglesia está edificada «sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo» (Efesios 2:20), y un fundamento se pone una sola vez.

Jesús dijo a los que se jactaban de su linaje: «Si fuerais hijos de Abraham, las obras de Abraham haríais» (Juan 8:39). Y Elena de White comenta:

«Una vida movida por el espíritu de los apóstoles, el creer y enseñar las verdades que ellos enseñaron: ésta es la verdadera evidencia de la sucesión apostólica» (El Deseado de todas las gentes, p. 432).

En el reino de Dios, el apellido no prueba nada; lo que prueba la familia es el parecido.

La iglesia apostólica va desde Cristo hasta Juan, el último apóstol vivo, que según la tradición antigua murió hacia el año 100. En la lectura adventista de la profecía, corresponde a Éfeso, la primera de las siete iglesias del Apocalipsis. Uriah Smith lo explica así: «El tiempo que abarca esta primera iglesia puede considerarse el periodo que va desde la resurrección de Cristo hasta el final del primer siglo, o hasta la muerte del último de los apóstoles» (Daniel y el Apocalipsis, p. 379, trad. propia).

Segundo paso: la apostasía que Cristo anunció

Si la iglesia apostólica era tan pura, ¿cómo se llegó a la Roma de 1517? Pablo anunció el orden de los acontecimientos: «No os engañe nadie en ninguna manera; porque no vendrá sin que venga antes la apostasía, y se manifieste el hombre de pecado, el hijo de perdición» (2 Tesalonicenses 2:3).

La apostasía ya estaba entrando en tiempos del Nuevo Testamento. Empezó con los judaizantes (Hechos 15:1) y siguió avanzando hasta que, hacia el año 95, Jesús dice a Éfeso: «tengo contra ti que has dejado tu primer amor» (Apocalipsis 2:4). En menos de cincuenta años la apostasía había pasado de los judaizantes a perder el primer amor.

Y se profetizaba una apostasía todavía mayor: «en los venideros tiempos algunos apostatarán de la fe» (1 Timoteo 4:1).

Entre la destrucción de Jerusalén y la segunda venida, Cristo vio, según Elena de White, «largos siglos de tinieblas, siglos que para su iglesia estarían marcados con sangre, lágrimas y agonía» (El Deseado de todas las gentes, p. 584). En el Apocalipsis, ese tiempo de apostasía corresponde, según nuestra lectura adventista, a la iglesia de Pérgamo, desde la profesada conversión de Constantino, en el 323, hasta el establecimiento del papado, en el 538. Así la fecha Uriah Smith, que dice: «Aquí estaba la apostasía predicha por Pablo en 2 Tes 2:3». Y añade: «De este espíritu salió finalmente la unión de los poderes civil y eclesiástico, que culminó en la formación del papado» (Daniel y el Apocalipsis, pp. 384-385, trad. propia).

La historia lo confirma:

«La conversión nominal de Constantino, a principios del siglo cuarto, causó gran regocijo; y el mundo, disfrazado con capa de rectitud, se introdujo en la iglesia. Desde entonces la obra de corrupción progresó rápidamente. El paganismo que parecía haber sido vencido, vino a ser el vencedor» (El conflicto de los siglos, p. 47).

Con Constantino la iglesia pasó de perseguida a favorecida. En Milán, en el año 313, se dio libertad de culto, pero el cristianismo todavía no era religión oficial. La fe católica se hizo oficial en el 380, con el edicto de Tesalónica de Teodosio. Como prueba histórica, conviene leer lo que el propio edicto decretó. El edicto imponía su credo trinitario como fe obligatoria, y decía:

«Mandamos que quienes sigan esta ley tomen el nombre de cristianos católicos; a los demás, juzgándolos dementes e insensatos, [mandamos] que soporten la infamia del dogma herético…» (Código Teodosiano XVI.1.2, trad. propia).

Un emperador decidía así, por ley, quién era hereje. Ahí nace la iglesia oficial establecida, la que Elena de White distingue de la iglesia de Dios. Ella lo resume así:

«Fue la apostasía lo que indujo a la iglesia primitiva a buscar la ayuda del gobierno civil, y esto preparó el camino para el desarrollo del papado, simbolizado por la bestia» (El conflicto de los siglos, p. 438).

La apostasía nunca empieza con un gran escándalo. Empieza cuando dejamos el primer amor o cuando buscamos el favor del poder en vez del favor de Dios. ¿Hay alguna grieta en tu vida que todavía estás a tiempo de reparar?

Tercer paso: los días que Dios acortó

La profecía no termina en la oscuridad. Justo en el apogeo del hombre de pecado, Jesús prometió: «mas por causa de los escogidos, aquellos días serán acortados» (Mateo 24:22). ¿Quién los acorta? Marcos lo dice claramente: «Y si el Señor no hubiese abreviado aquellos días, ninguna carne se salvaría; mas por causa de los escogidos que él escogió, abrevió aquellos días» (Marcos 13:20). ¡Fue el Señor! Esa es la respuesta a la primera pregunta.

Elena de White une este texto con la Reforma:

«La persecución contra la iglesia no continuó durante todos los 1.260 años. Dios, usando de misericordia con su pueblo, acortó el tiempo de tan horribles pruebas. […] Debido a la influencia de los acontecimientos relacionados con la Reforma, las persecuciones cesaron antes del año 1798» (El conflicto de los siglos, p. 270).

En el Apocalipsis, la iglesia de Tiatira abarca del 538 al 1798. A ella Jesús le dice: «Yo he conocido tus obras, y caridad, y servicio, y fe, y tu paciencia, y que tus obras postreras son más que las primeras» (Apocalipsis 2:19). Comparad con Éfeso, a la que había dicho: «arrepiéntete, y haz las primeras obras» (Apocalipsis 2:5). Éfeso decae; Tiatira crece. Uriah Smith dice que esta es «la única iglesia elogiada por una mejora en lo espiritual» (Daniel y el Apocalipsis, p. 387, trad. propia). Y a sus fieles Jesús promete: «Yo no enviaré sobre vosotros otra carga» (Apocalipsis 2:24). Smith ve allí un respiro de «el peso de la opresión papal», y une ese alivio con Mateo 24:22. Y en otro lugar, comentando que «la tierra ayudó a la mujer» (Apocalipsis 12:16), escribe: «La Reforma del siglo XVI comenzó su obra. Dios levantó al noble Lutero y a sus colaboradores…» (Daniel y el Apocalipsis, ed. 1912, p. 555, trad. propia). La identificación concreta de esas «obras postreras» con los reformadores, a quienes Dios levantó al final de aquel largo periodo, es nuestra lectura adventista.

Una reforma también hoy

¿Fue la Reforma obra de Dios o del hombre? La profecía responde: el Señor abrevió aquellos días. ¿Cuál era la iglesia de Cristo en ese tiempo? No la iglesia oficial, sino el pueblo fiel que creía y enseñaba lo que enseñaron los apóstoles.

Celebramos cómo Jesús cuida de su iglesia, pero la celebración trae una pregunta personal: ¿eres tú de esa iglesia? ¿Te pareces a los apóstoles? ¿Guardas los mandamientos de Dios y tienes la fe de Jesús? (Apocalipsis 14:12).

Si Dios pudo levantar una reforma en el apogeo del hombre de pecado, también puede levantarla hoy en tu vida, en tu familia y en tu iglesia. Te invito a levantar tu corazón al Padre y decirle: «Señor, quiero pertenecer a tu iglesia, la que guarda tus mandamientos». Que él, que acortó aquellos días por amor a sus escogidos, haga también en ti su obra de reforma, por medio de su Hijo, Jesucristo, la principal piedra del ángulo.


Mira el sermón completo en nuestro canal de YouTube, @antorchaprofetica, y lee más estudios en antorchaprofetica.site. En el próximo estudio veremos qué pasó con la Reforma después de Lutero y si terminó o no.

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