La Contaminación Espiritual

El Peligro del Yugo Desigual y las Malas Amistades

Amén, buenas noches a los que estamos en Europa. Buenas tardes a los que están en América. Que Dios nos bendiga, gracias por las oraciones y que el Señor nos escuche en su misericordia.

Hoy queremos hablar acerca de la contaminación, basándonos en el texto bíblico de Apocalipsis 14:4. En este versículo se habla de los 144.000, el llamado a todos nosotros, y dice: «Estos son los que con mujeres no fueron contaminados, porque son vírgenes».

En ese texto encontramos una gran realidad. Una de las características del remanente, de la última generación del pueblo de Dios, es que no se contaminaron con mujeres porque mantuvieron su virginidad. Indudablemente, esto señala el peligro que acecha a este grupo del último tiempo (esta iglesia de los 144.000): el peligro de contaminarse con otras mujeres.

Acordémonos de que los 144.000 también son una mujer en el sentido simbólico, porque son una iglesia. Una iglesia de vírgenes representa a una mujer pura que tiene un peligro que le acecha: contaminarse con otras mujeres (las rameras, las Babilonias) y, por tanto, perder su virginidad, su pureza y su fe.

¿Cómo es que somos contaminados? Hay un aspecto del evangelio y de la piedad práctica del que hemos hablado poco, y es la contaminación a través de la amistad. Los amigos tienen un gran poder sobre nosotros; pueden influirnos para el bien, pero también pueden contaminarnos para el mal.

El Mandamiento: No os juntéis en yugo desigual

Vamos a un texto muy conocido en 2 Corintios 6:14-18. El apóstol Pablo dice:

«No os juntéis en yugo con los infieles; porque ¿qué compañía tiene la justicia con la injusticia? ¿Y qué comunión la luz con las tinieblas? ¿Y qué concordia Cristo con Belial? ¿O qué parte el creyente con el incrédulo? ¿Y qué acuerdo hay entre el templo de Dios y los ídolos? Porque vosotros sois el templo del Dios viviente…»

Aquí se menciona primero una orden, un mandamiento tan firme como el de «no matarás» o «no hurtarás»: no os juntéis en yugo con los infieles. La palabra «yugo» hace referencia a los bueyes que se usaban para el arado. Como no había motores, se colocaban dos bueyes para que jalaran una yunta. Para que se mantuviesen andando sincrónicamente, se les colocaba sobre el cuello una madera que los calzaba y los mantenía juntos. Esa madera es el yugo.

Nosotros somos como un buey en el arado, y cuando nos colocamos un yugo, debemos asegurarnos de no juntarnos con alguien que no sea de nuestra fe. Todo este mandamiento aplica primeramente al matrimonio (que es un yugo para toda la vida), pero también aplica a los negocios (los socios se convierten en un yugo) y a la amistad íntima.

No estamos hablando de un encuentro casual o de los compañeros de la escuela o el trabajo con los que coincides todos los días. Estamos hablando de esa persona a la que llamas «mi amigo» o «mi amiga» y la pones casi al nivel de un hermano. No debemos hacer un yugo de amistad íntima con personas incrédulas o infieles, porque ¿qué punto en común puede haber entre la justicia y la injusticia?

El Consejo de Malos y la Silla de Escarnecedores

En el Salmo 1 encontramos esta bienaventuranza: «Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos, ni estuvo en camino de pecadores, ni en silla de escarnecedores se ha sentado».

Un «consejo de malos» es una confederación de personas con propósitos contrarios a la fe. Elena G. de White usó este texto para advertir a los hermanos que no debían unirse a sociedades secretas (como los masones) o a sindicatos que tenían como objetivo establecer una ley dominical. Nosotros no podríamos unirnos a un grupo o partido político que vaya en contra de la libertad religiosa, por ejemplo. Eso sería unirnos en yugo desigual.

El Salmo también habla de no sentarse en «sillas de escarnecedores» (burladores). No hace falta hacer un juramento para unirse a una sociedad; basta con sentarse en un grupo informal para burlarse de otro y hacerle bullying. No deberíamos unirnos a ese grupo porque son incrédulos al mandamiento que dice: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».

En Proverbios 1:10-15, Salomón dice: «Hijo mío, si los pecadores te quisieren engañar, no consientas… no andes en camino con ellos. Aparta tus pies de sus veredas». Este es un principio de prevención (profiláctico). Usa la misma expresión en Proverbios 2 cuando habla de apartarse de las veredas de la «mala mujer», la mujer extraña que halaga con sus palabras y se olvida del pacto de su Dios. Debemos alejarnos lo más posible de transitar cerca de estas personas.

Falsos Maestros y el Pecado de la Calumnia

El peligro no solo está en la gente del mundo. Tenemos que analizar el peligro de tener compañerismo con personas que dicen ser cristianas, pero que son falsos profetas o predicadores erróneos. En 2 Timoteo 3, Pablo nos advierte que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos con hombres amadores de sí mismos, calumniadores y traidores, «teniendo apariencia de piedad, pero habiendo negado la eficacia de ella; a estos evita».

¿Qué es la apariencia de piedad? Es lo que se ve por fuera: se visten como gente piadosa, hablan piadosamente, parecen cristianos. Pero por dentro son, entre otras cosas, calumniadores. La calumnia es levantar falso testimonio contra tu prójimo.

Debemos entender qué significa esto: ¿Quién da testimonio? Un testigo. ¿Y quién es un testigo? Alguien que estuvo presente, que lo vio con sus propios ojos, que lo escuchó con sus oídos. Si yo digo algo de alguien sin haber estado presente, sin tener la evidencia, entonces soy un falso testigo que da falso testimonio, incluso si digo que es solo una «opinión especulativa».

El Peligro de Escuchar

Quizás digas: «Yo no soy el que habla o calumnia, yo solo escucho». Pero ¿qué pasa cuando yo escucho constantemente a un falso testigo? 1 Corintios 15:33 lo dice claramente: «No erréis; las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres».

Si yo participo escuchando una conversación mala, mi buena costumbre se corrompe. Se contamina. Si queremos ser parte de los 144.000 pero seguimos escuchando a predicadores calumniadores o a personas que han rechazado la verdad, nuestra fe se va a corromper. El apóstol Juan dice de los que se apartan: «Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros». He visto esto cumplirse vez tras vez: hermanos que entienden el mensaje, pero que por mantener una amistad íntima con alguien que está en contra de nuestra fe o de nuestros líderes, terminan siendo corrompidos y yéndose de la iglesia.

Ese es el mayor engaño. Satanás no se presenta abiertamente como un ángel caído; se disfraza como ángel de luz, y sus ministros se disfrazan de ministros de justicia, mostrándose como hermanos bondadosos.

La Disciplina y la Preservación

En 1 Corintios 5, Pablo habla de la disciplina, algo que cuesta mucho en este tiempo permeado de filosofías que hablan de un amor sin justicia. Había un caso de fornicación en la iglesia (un hombre con su madrastra), y la iglesia, en lugar de tener duelo y disciplinar, estaba envanecida. Pablo dice que debían entregarlo a Satanás para destrucción de la carne, para que el espíritu sea salvo. La iglesia tiene autoridad para atar y desatar.

Él les advierte: «¿No sabéis que un poco de levadura leuda toda la masa? Limpiad, pues, la vieja levadura…». Y aclara (versículos 9 al 11) que no les pide que no se junten con los pecadores del mundo, porque para eso tendrían que salir del mundo. Jesús mismo dijo: «No te ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal».

Pablo se refería a los de adentro: «Más bien os escribí que no os juntéis con ninguno que, llamándose hermano, fuere fornicario, o avaro, o idólatra, o maldiciente, o borracho, o ladrón; con el tal ni aun comáis».

Si alguien llamándose adventista de la verdad presente o adventista pionero es rebelde al orden evangélico, apóstata o lanzador de falso testimonio, la instrucción es quitar a ese malo de entre vosotros. Esto no solo significa sacarlo de la comunión de la iglesia, sino de nuestra amistad y de nuestra vida, como una medida de preservación para nosotros y nuestra familia.

Si no hacemos esto, seremos leudados, perderemos nuestra virginidad espiritual, nuestra pureza, y no podremos ser parte de los 144.000.

Que el Señor nos bendiga.

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