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El Adventista Original Pionero – Edición 19 de Abril de 2026

El Adventista Original Pionero

Edición 19 de Abril de 2026

Editorial: ¿Estás guardando el sábado… o adorando a otro dios?

Cuarenta años en el desierto. Cuarenta años guardando el sábado. Y sin embargo, no entraron. ¿Por qué? Porque guardar una fecha no es lo mismo que adorar al Dios de esa fecha. Israel tenía el rito, pero su corazón estaba en otro lugar. La pregunta incómoda que este número nos lanza al rostro es: ¿estamos repitiendo la misma historia?

En nuestra edición de hoy abordamos sin rodeos lo que muchos prefieren callar: el adventismo nominal no será sellado. No es una opinión, es una advertencia profética que necesitamos escuchar ahora, no mañana.

Pero la crisis no es solo espiritual. También es física. Elena de White nos recuerda en estas páginas que entender cómo funciona nuestro cuerpo es una responsabilidad sagrada. Descuidar el templo del Espíritu Santo es también una forma de apostasía silenciosa.

Y hablando de apostasía, tenemos que hablar de la educación. Nuestros seminarios han migrado de la Biblia a la filosofía de Babilonia. Los teólogos y ministros que forman el futuro de la iglesia están bebiendo de fuentes que Elena de White ya advirtió como la apostasía omega. ¿Seguiremos callados?

En contraste, cerramos con una nota de esperanza: la historia de la primera iglesia cristiana, resumida desde la lección tres de la escuela sabática, nos recuerda que siempre hubo un remanente fiel.

¿Perteneces a ese remanente… o solo estás en el desierto?


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Art 1: El Porqué muchos adventistas nominales no serán sellados

Por: John García

El tema que estudiaremos a continuación lleva por título una afirmación que merece atención: muchos adventistas nominales no serán sellados. Para muchos grupos adventistas, la observancia del sábado constituye una doctrina fundamental. Se cree comúnmente que guardar el sábado es suficiente garantía de salvación y sello divino. Sin embargo, muchos —aun guardando el sábado— no serán sellados. Para entender esta realidad, examinaremos la historia de Israel en el desierto, que es precisamente el tema de la lectura bíblica de Ezequiel 20.

¿Qué ocurrió con Israel en el desierto? El pueblo tenía el maná, guardaba el sábado y presenciaba milagros a diario. Sin embargo, la mayoría nunca entró en la tierra prometida. La razón es que, aunque guardaban el sábado, no fueron sellados: rechazaron el sello del Dios verdadero.

Conviene recordar que un sello contiene tres elementos: nombre, cargo y jurisdicción. Los sellos de los reyes de la antigüedad ilustran esto con claridad. El sello de Babilonia decía: Nabucodonosor, nombre; rey, cargo; Babilonia, jurisdicción. El de Artajerjes: Artajerjes, nombre; rey, cargo; Medopersia, jurisdicción. Dios también tiene su sello, y este debe contener igualmente esos tres elementos. La razón por la que muchos que guardan el sábado no serán sellados es esta: no tienen al Dios verdadero ni tienen la fe de Jesús. Analicemos esto con el caso de Israel.

El sábado restaurado en el desierto: Éxodo 16 y 20

Éxodo capítulo 16 presenta al pueblo de Israel recién salido de Egipto. Dios lo había sacado de allí y en el desierto le restauró el sábado. Es importante recordar que el sábado viene desde el Edén. En Génesis capítulos 1 y 2, Dios creó todo en seis días; el séptimo descansó, bendijo ese día y lo santificó, proclamándolo santo y apartándolo como día sagrado. Este sábado fue dado a Adán, quien lo enseñó a su descendencia, y así sucesivamente hubo un remanente que, a pesar de los muchos que se apartaron, conservó esa verdad. El último eslabón mencionado en esa cadena es Abraham, Isaac, Jacob y sus doce hijos, que constituían ese remanente y guardaban el sábado.

Sin embargo, al establecerse en Egipto, Jacob y sus hijos perdieron el conocimiento del sábado. Cuando Dios sacó a Israel de Egipto y lo condujo al desierto de Sin (Éxodo 16:1), allí restauró el sábado en el pueblo. El Señor proveyó el maná, y el versículo 21 describe que cada mañana recogían lo que habían de comer, y que cuando el sol calentaba, se derretía. En el sexto día recogieron el doble, dos porciones para cada uno. El versículo 23 es revelador: «Esto es lo que ha dicho Jehová: Mañana es el santo sábado, el reposo de Jehová. Lo que hubieres de coser, coslo hoy, y lo que hubieres de cocinar, cocinadlo; y todo lo que os sobrare, guardadlo para mañana.»

Moisés transmitió el mensaje al pueblo: mañana es el día del Señor. Así, en esa primera semana del milagro del maná, al sexto día se les recordó que el séptimo era el santo sábado. Luego, en Éxodo 20, el mandamiento comienza con las palabras «Acuérdate del día de reposo», lo que confirma que no era algo nuevo para ellos; lo habían olvidado, pero lo traían como herencia.

En Éxodo 16 el sábado se restaura; en Éxodo 20 se establece y se les explica el porqué: «Porque en seis días hizo Jehová los cielos, la tierra, el mar y todas las cosas que en ellos hay, y en el séptimo descansó; por eso Jehová bendijo el día de reposo y lo santificó» (Éxodo 20:11). Aquí está el sello completo: el nombre, Jehová; el cargo, Creador; la jurisdicción, los cielos, la tierra, el mar y todo lo que en ellos hay.

El sábado como señal: Éxodo 31

Cuando Moisés estuvo cuarenta días y cuarenta noches a solas con Dios en el Sinaí, mientras se le daban instrucciones para la construcción del santuario, Dios le dijo: «Con todo eso guardaréis mis sábados; porque es señal entre mí y vosotros por vuestras edades, para que sepáis que yo soy Jehová que os santifico» (Éxodo 31:13). El sábado, pues, no solo había sido recordado y proclamado; ahora se establece expresamente como señal, como sello, para dar al pueblo el conocimiento del Dios verdadero. El versículo 17 añade: «Señal es para siempre entre mí y los hijos de Israel, porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, y en el séptimo cesó y reposó.»

E inmediatamente, el versículo 18 relata que Dios le dio a Moisés dos tablas del testimonio, escritas con el dedo de Dios. Es decir, antes de entregarle las tablas, Dios le declaró explícitamente: este mandamiento es la señal; el cuarto mandamiento es la señal clara entre Dios y su pueblo. El sábado fue dado también a nosotros, el día en que nos reunimos. La pregunta es: ¿lo tenemos como señal del Dios verdadero? Porque hoy muchos guardan el sábado y, sin embargo, en ese sábado adoran a otro dios. A eso apunta precisamente lo que ocurrió en Israel.

El becerro de oro: el sábado sin el Dios del sábado

El milagro del maná duró cuarenta años. Durante ese tiempo, seis días caía el maná y el séptimo no caía, ciclo constante que era a la vez un milagro diario y un milagro semanal, señalándoles el sello del sábado. Mientras tanto, Moisés subió al monte por cuarenta días y cuarenta noches. El pueblo, abajo, seguía el ciclo semanal: seis días recogía el maná y uno descansaba. Pero dice Éxodo 32:1 que, viendo el pueblo que Moisés tardaba en descender, se llegaron a Aarón y le dijeron: «Levántate, haznos dioses que vayan delante de nosotros, porque a este Moisés, el varón que nos sacó de la tierra de Egipto, no sabemos lo que le ha acontecido.» Hicieron un becerro de oro.

El becerro que hicieron era el dios Apis, el buey Apis, que según los historiadores era la encarnación del dios sol de los egipcios. Aarón edificó un altar delante del becerro y pregonó: «Mañana será fiesta a Jehová» (Éxodo 32:5). Al dios falso le pusieron el nombre del Dios verdadero. ¿Quiénes hicieron esto? El pueblo que estaba guardando el sábado. Al día siguiente madrugaron, ofrecieron holocausto, presentaron pacíficos, se sentaron a comer y a beber, y se levantaron a regocijarse —bailar, según otras versiones—. Estaban adorando al dios Apis, el dios del sol, y a ese dios falso lo llamaron Jehová. El Señor no estuvo de acuerdo; inmediatamente le ordenó a Moisés que descendiera porque el pueblo se había apartado. He aquí una apostasía clara del pueblo de Israel.

Los espías y la falta de fe: Números 13 y 14

En Números 13, Dios ordenó a Moisés enviar hombres a reconocer la tierra de Canaán, uno por tribu, príncipes entre el pueblo. Los doce espías fueron enviados. Al regresar (Números 13:27-29), diez de ellos dieron este informe: la tierra fluye leche y miel, pero el pueblo que la habita es fuerte, las ciudades muy grandes y fortificadas, y allí vimos a los hijos de Anac —los gigantes—. Ante este informe, dice Números 14:1 que toda la congregación alzó la voz, el pueblo lloró aquella noche, se quejaron contra Moisés y Aarón, y dijeron: «Ojalá muriéramos en la tierra de Egipto, o en este desierto.»

Se rebelaron contra Dios porque no tenían fe. Decían: «No podemos, hay gigantes; la tierra se traga a sus moradores; éramos como langostas comparados con ellos.» En su propia fuerza confiaban los diez espías, no en Jehová. Pero Josué y Caleb dijeron: «Si Jehová se agrada de nosotros, él nos meterá en esta tierra y nos la entregará» (Números 14:8). No son ellos quienes van a conquistar; es Jehová quien conquistará por ellos. Esta es la fe que los hizo remanente. En consecuencia, Dios los condenó a morir en el desierto.

Y precisamente entonces, en ese clima de rebeldía, Números 15:32 relata que hallaron a un hombre —hijo de egipcio, parte de la multitud mixta que salió con Israel— recogiendo leña en día de sábado. Viendo que Dios les había condenado a morir en el desierto, aquella persona decidió no respetar el sábado, planteando un desafío abierto a su observancia. Este es el tercer caso de apostasía de Israel en el desierto.

Lo que Esteban reveló: adoración a otros dioses

Muchos fueron castigados con la muerte, y el resto permaneció en el desierto cuarenta años. Durante ese tiempo siguieron guardando el sábado y el milagro continuó. Sin embargo, el sermón de Esteban en Hechos 7 revela algo que no se percibía a simple vista. En Hechos 7:41, Esteban recuerda el episodio del becerro de oro, y en el versículo 42 dice: «Y Dios se apartó, y los entregó para que sirvieran al ejército del cielo.» Citando al profeta Amós, pregunta: «¿Me ofrecisteis víctimas y sacrificios en el desierto por cuarenta años, casa de Israel?» La respuesta viene en el versículo 43: «Antes trajisteis el tabernáculo de Moloc y la estrella de vuestro dios Renfán, figuras que os hicisteis para adorarlas.»

El cuadro es impactante: el pueblo marchaba cubierto por la nube de día y la columna de fuego de noche; el maná caía seis días y el séptimo no; guardaban el sábado. Y sin embargo, en sus tiendas tenían escondidos el tabernáculo de Moloc y la estrella del dios Renfán. Guardaban el sábado, pero también adoraban a otro dios en sábado. Tenían el día correcto, pero no tenían al Dios verdadero. Por eso no fueron sellados.

El remanente en cada apostasía

A pesar de esas tres apostasías de Israel en el desierto, hubo siempre un remanente; y ese remanente fue el que entró en la tierra prometida. En el caso del becerro de oro, Moisés se puso a la puerta del campamento y preguntó: «¿Quién es de Jehová? Júntese conmigo» (Éxodo 32:26). No del Jehová falso, no del Jehová buey —porque había un Jehová buey y había un Jehová verdadero—. Los que se juntaron fueron los hijos de Leví. Los que no vinieron, con su ausencia declaraban que preferían el Jehová visible. Por eso Dios dio la orden de ejecutar a los rebeldes, y cayeron aquel día alrededor de tres mil personas.

En el caso de los espías, el remanente fueron Josué y Caleb, quienes rasgaron sus vestidos y dijeron a toda la congregación: «Si Jehová se agrada de nosotros, él nos meterá en esta tierra» (Números 14:8). No confiaban en su propia fuerza, sino en Jehová.

El llamado de Josué: pacto con el Dios del sábado

Ya al final, cuando Josué introdujo al pueblo en la tierra prometida, dirigió al pueblo estas palabras en Josué 24:13-14: «Os di la tierra por la cual nada trabajasteis, y las ciudades que no edificasteis, en las cuales moráis, y las viñas y los olivares que no plantasteis, eso coméis. Ahora pues, temed a Jehová y servidle con integridad y en verdad, y quitad de entre vosotros los dioses a los cuales sirvieron vuestros padres al otro lado del río y en Egipto, y servid a Jehová.»

Josué era consciente de que algunos todavía tenían escondidos los dioses que menciona Esteban: el dios Renfán y Moloc, según Amós. El versículo 15 recoge la declaración del remanente: «Si mal os parece servir a Jehová, escogeos hoy a quiénes sirváis; pero yo y mi casa serviremos a Jehová.» Josué no hablaba a un pueblo que guardara el domingo; hablaba a un pueblo que guardaba el sábado, y sin embargo les decía: «Todavía tenéis allí vuestros dioses; hoy tenemos la oportunidad de arrepentirnos. Pero yo y mi casa, además de guardar el sábado, serviremos a Jehová, el Dios del sábado.»

En Josué 24:19-23, Josué repite el llamado dos veces: «Quitad los dioses ajenos que están entre vosotros e inclinad vuestro corazón a Jehová, el Dios de Israel.» Y en el versículo 25 hizo alianza con el pueblo ese mismo día, estableciendo ordenanzas y leyes en Siquén.

Aplicación para hoy

Esto es exactamente lo que está ocurriendo hoy. En el mundo adventista, muchos adventistas tienen el sábado verdadero, pero están adorando al dios de Jezabel la Católica: el dios trinitario, un Dios de tres en uno, mezclado con tradiciones babilónicas. Y además no tienen la fe de Jesús, es decir, no tienen al Dios verdadero ni la fe de Jesús. Al igual que Israel ante los gigantes de Canaán, muchos piensan que hay gigantes imposibles de vencer. El gigante de hoy, para muchos adventistas, es la carne de pecado; consideran que es imposible vencer la carne de pecado, y por eso hacen a Jesús sin carne de pecado, pues si la hubiera tenido, dicen, hubiese pecado.

Lo que debemos hacer, así como Josué lo hizo con el pueblo, es hacer alianza, pacto. Esto equivale al rebautismo, porque ese es el pacto. Hay que rebautizarse, renovar el pacto con el Dios del sábado y con la fe del Hijo del Dios del sábado. Esto es precisamente lo que dice Apocalipsis 14 al describir al remanente: guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús. No solamente el sábado, sino el Dios del sábado; y además, la fe del Hijo del Dios del sábado. Eso es el sello que necesitamos tener para no perecer con los desobedientes.

Conclusión

La historia de Israel en el desierto demuestra que no todos los que guardaron el sábado entraron en la tierra prometida, porque no fueron sellados. Hoy sucede exactamente lo mismo: no todos los que guardan el sábado serán sellados. Se necesita no tener dioses ajenos, sino el único Dios de la Biblia; se necesita la fe de Jesús; y se necesita arrepentirse y hacer alianza, renovar el pacto. Así como en Israel hubo siempre un remanente que se separó de los dioses falsos y confió en Jehová, también hoy ese es el llamado: no solamente guardar el sábado, sino volver al Dios del sábado y tener la fe del Hijo del Dios del sábado.

Art 2: El deber de conocernos a nosotros mismos

Por: E.G. White (The Health Reformer, 1 de Agosto de 1866)

Muchos me han preguntado: «¿Qué camino debo seguir para preservar mejor mi salud?». Mi respuesta es: Dejad de transgredir las leyes de vuestro ser; dejad de gratificar un apetito depravado; comed alimentos sencillos; vestid de forma saludable, lo cual requerirá una modesta sencillez; trabajad de forma saludable; y no estaréis enfermos.

Es pecado estar enfermo; pues toda enfermedad es el resultado de la transgresión. Muchos sufren como consecuencia de la transgresión de sus padres. No se les puede censurar por el pecado de sus padres; pero es, no obstante, su deber averiguar en qué violaron sus padres las leyes de su ser, lo cual ha legado a su descendencia una herencia tan miserable; y en lo que los hábitos de sus padres eran incorrectos, ellos deberían cambiar su rumbo, y colocarse, mediante hábitos correctos, en una mejor relación con la salud.

Los hombres y las mujeres deberían informarse en lo que respecta a la filosofía de la salud. Las mentes de los seres racionales parecen envueltas en tinieblas respecto a su propia estructura física y a cómo preservarla en una condición saludable. La generación presente ha confiado sus cuerpos a los médicos y sus almas a los ministros. ¿No le pagan bien al ministro por estudiar la Biblia por ellos, para que no tengan esa molestia? ¿Y no es asunto suyo decirles lo que deben creer y resolver todas las cuestiones dudosas de teología sin una investigación especial por su parte? Si están enfermos, envían por el médico; creen cualquier cosa que él les diga y tragan cualquier cosa que él les prescriba; pues ¿no le pagan una generosa tarifa?.

¿Y no es asunto suyo comprender sus dolencias físicas y qué prescribir para sanarlos, sin que ellos tengan que preocuparse por el asunto?.

Los niños son enviados a la escuela para que se les enseñen las ciencias; pero la ciencia de la vida humana es totalmente descuidada. Aquello que es de la más vital importancia, un verdadero conocimiento de sí mismos, sin el cual toda otra ciencia puede ser de poca ventaja, no se pone en su conocimiento. Se tolera una ignorancia cruel y malvada respecto a esta cuestión tan importante. Tan estrechamente relacionada está la salud con nuestra felicidad, que no podemos tener esta última sin la primera. Un conocimiento práctico de la ciencia de la vida humana es necesario para glorificar a Dios en nuestros cuerpos. Es, por lo tanto, de la más alta importancia que entre los estudios seleccionados para la infancia, la fisiología ocupe el primer lugar. Cuán pocos saben algo sobre la estructura y las funciones de sus propios cuerpos y de las leyes de la naturaleza. Muchos andan a la deriva sin conocimiento, como un barco en el mar sin brújula ni ancla; y lo que es más, no están interesados en aprender cómo mantener sus cuerpos en una condición saludable y prevenir la enfermedad.

Aquellos que transgreden las leyes de Dios en su organismo físico, no serán menos lentos para violar la ley de Dios pronunciada desde el Sinaí. Aquellos que, después de que la luz ha llegado a ellos, no coman ni beban por principio en lugar de ser controlados por el apetito, no serán tenaces en cuanto a ser gobernados por el principio en otras cosas. La agitación del tema de la reforma en el comer y el beber desarrollará el carácter, y sacará a la luz infaliblemente a aquellos que hacen un «dios de sus vientres».

Los padres deberían despertar y, en el temor de Dios, inquirir: ¿qué es la verdad? Una tremenda responsabilidad descansa sobre ellos. Deberían ser fisiólogos prácticos, para que puedan conocer cuáles son y cuáles no son hábitos físicos correctos, y así poder instruir a sus hijos. La gran masa es tan ignorante e indiferente respecto a la educación física y moral de sus hijos como la creación animal. Y aun así se atreven a asumir las responsabilidades de padres. Cada madre debería familiarizarse con las leyes que gobiernan la vida física. Debería enseñar a sus hijos que la complacencia de los apetitos animales produce una acción mórbida en el sistema y debilita sus sensibilidades morales. Los padres deberían buscar la luz y la verdad como tesoros escondidos. A los padres se les confía el sagrado encargo de formar el carácter de sus hijos en la infancia. Deberían ser para sus hijos tanto maestros como médicos. Deberían comprender las necesidades de la naturaleza y las leyes de la naturaleza. Una cuidadosa conformidad con las leyes que Dios ha implantado en nuestro ser asegurará la salud, y no habrá un quebrantamiento de la constitución que tiente a los afligidos a llamar a un médico para que los remiende de nuevo.

Muchos parecen pensar que tienen derecho a tratar sus propios cuerpos como les plazca; pero olvidan que sus cuerpos no son suyos. Su Creador, que los formó, tiene sobre ellos derechos que no pueden desechar legítimamente. Cada transgresión innecesaria de las leyes que Dios ha establecido en nuestro ser es virtualmente una violación de la ley de Dios, y es un pecado tan grande a la vista del Cielo como romper los diez mandamientos. La ignorancia sobre este importante tema es pecado; la luz está ahora brillando sobre nosotros, y no tenemos excusa si no apreciamos la luz y nos volvemos inteligentes en cuanto a estas cosas, que son nuestro más alto interés terrenal comprender.

Art 3: La apostasía Omega en la educación adventista: origen y consecuencias del sistema de filosofía intelectual

Por: John García

El tema que analizaremos a continuación invita a reflexionar sobre lo que hemos venido estudiando acerca de un sistema de filosofía intelectual que, según advierte la profecía de la apostasía Omega, se introduciría en la iglesia. El enfoque de este estudio es predominantemente histórico: examinaremos cómo se originaron los primeros seminarios teológicos adventistas y cómo ese proceso significó la entrada de la filosofía intelectual en la conducción de dichos seminarios, de modo que quienes hoy se denominan teólogos o pastores están dominados por ese sistema en lugar de estar guiados por lo que dice la Escritura.

El mandato educativo y los orígenes del adventismo

Uno de los pilares del ministerio de nuestro Señor Jesucristo, según Mateo capítulo 9, es la educación. Allí se describe que Jesús recorría todas las ciudades y aldeas haciendo tres cosas: predicando, enseñando y sanando. Tenemos así el ministerio pastoral —predicar—, el ministerio de salud —sanar— y el ministerio educativo —enseñar—. Ese es uno de los tres pilares fundamentales de la obra misionera. Y el Señor encomendó esa misma tarea a sus discípulos cuando se fue: «Predicad el evangelio, bautizad, enseñándoles que guarden todas las cosas.» El objetivo, por tanto, no era solo predicar y bautizar, sino también enseñar.

En respuesta a ese mandato y consciente de la comisión que le correspondía, el pueblo adventista comenzó no solo a enviar misioneros, sino a preparar jóvenes misioneros para que fuesen al interior del país y al extranjero a cumplir esa gran comisión: predicar el evangelio, bautizar y enseñar las doctrinas. Así comenzó el adventismo histórico: se desarrollaron institutos educativos para propagar la misión y adiestrar a los jóvenes en la obra misionera. Este proceso es análogo, en la historia bíblica, a la obra de los profetas: Elías fundó la escuela de los profetas. Siempre ha existido, pues, una rama educativa en la historia del pueblo de Dios, y el pueblo adventista histórico no fue la excepción.

La tensión y el detonante secular

Con el tiempo fue creciendo una tensión: el intento de elevar el nivel académico trajo consigo la importación de exigencias metodológicas externas. La transición entre la educación para la misión y la educación para la acreditación académica fue impulsada por un detonante concreto: la exigencia del Estado de los Estados Unidos.

En la década de 1930 surgió la urgencia de profesionalizar la enseñanza superior en los colegios adventistas. El Estado condicionó la acreditación al cumplimiento de ciertos estándares, de modo que los títulos pudieran ser reconocidos por el gobierno de los Estados Unidos. Como respuesta a esa exigencia, en 1934 se fundó el Advanced Bible School, el primer seminario teológico adventista, cuyo objetivo era capacitar exclusivamente a profesores universitarios —no formar pastores locales—. El resultado de esa fundación se hizo visible treinta años después, en las décadas de 1960 y 1970: no un aumento de misioneros y predicadores, sino un aumento drástico de eruditos bíblicos con doctorados obtenidos en universidades seculares.

Desde el punto de vista profético y bíblico, esas universidades seculares representan a Babilonia, porque Babilonia representa las iglesias oficiales de los Estados Unidos y las iglesias que dominan el gobierno estadounidense; y ese gobierno es señalado por la profecía como la imagen de la bestia. Es decir, a partir de la década de 1930 la iglesia comenzó a pedirle a Babilonia y a la imagen de la bestia que reconocieran sus seminarios y a sus teólogos. Se fue a pedir acreditación a Babilonia y a la imagen de la bestia.

Entre los resultados de ese proceso cabe mencionar que en 1967 surgieron agencias independientes, como la Asociación de Fuegos Adventistas y la revista Spectrum, que desafiaron la autoridad tradicional. La teología dejó de ser un consenso de pioneros con la Biblia en mano para convertirse en dominio exclusivo de los eruditos. Ese espíritu —según el cual solo los eruditos adventistas pueden hablar de ciertos temas— nació en 1930 como consecuencia directa de cumplir las exigencias gubernamentales. La educación adventista adoptó el sistema educativo de la Babilonia caída.

Los autores Sutherland, Magan y Sandland, en su libro Fundamentos de la educación cristiana, describen ese cambio histórico: el paso de una educación protestante de nombre, pero de estructura católica. Señalan, además, que ese fue el factor que impidió a las iglesias que seguían ese sistema educativo recibir, aceptar y predicar el mensaje de los tres ángeles. Los colegios que apostataron de sus objetivos iniciales rechazaron el mensaje millerita, precisamente porque habían abandonado la creencia en la Biblia en favor de la creencia en los eruditos. No es casual que los predicadores del mensaje del primer ángel fueran campesinos, comerciantes y obreros; los eruditos no lo aceptaron porque su metodología de estudio bíblico era totalmente diferente.

Cronología de la apostasía educativa adventista

Puede trazarse una secuencia cronológica clara. En 1874 se fundó el primer colegio adventista en Battle Creek, que rechazó el currículo clásico pagano de los estudios griegos. En 1891, una convención en Harbor Springs introdujo un currículo teológico centrado en la Biblia. Pero en 1934 se creó el Advanced Bible School para capacitar profesores. Coincidiendo con esto, la publicación en 1957 del libro Questions on Doctrine representó una alianza con los evangélicos. Y en 1961 Andrews y Loma Linda comenzaron a otorgar títulos de posgrado acreditados por la imagen de la bestia, acreditados por las iglesias babilónicas. Para 1934, 1957 y 1961, la educación adventista había caído y se había convertido en un sistema de filosofía intelectual, en búsqueda no solo de reconocimiento académico sino también de reconocimiento eclesiástico.

En cuanto al reconocimiento eclesiástico, ya se ha estudiado el encuentro con figuras evangélicas como Barnhouse y Martin para que a la Iglesia Adventista se le quitara la etiqueta de secta. Esa búsqueda también influyó en la transición educativa: la nueva iglesia fue aprobada no solo como miembro de la comunidad de iglesias evangélicas —es decir, de las hijas de Babilonia— sino también en el ámbito educativo.

El caballo de Troya: tres puntos clave

La acreditación funcionó como un caballo de Troya que introdujo evaluadores externos y metodológicos que minaron la fe adventista histórica. Tres puntos son clave al respecto.

Primero, la sumisión al Estado. Para cumplir con los estándares de acreditación se importaron exigencias seculares. Se señala incluso que evaluadores jesuitas estuvieron presentes en algunos comités —referencia documentada en el libro Half a Century of Apostasy, de los hermanos Standish, capítulos 34 y 84—.

Segundo, el método histórico-crítico. Este es el método de estudio de la Escritura que introdujo filosofías humanistas las cuales minaron la creencia en los milagros, la creencia en el santuario y la creencia en 1844. Conviene distinguirlo del método histórico-gramatical, que es el fundamento de la fe adventista: el método que analiza el texto según las reglas del lenguaje y busca su cumplimiento en la historia, es decir, acepta lo que está escrito y lo cree como está escrito. El método histórico-crítico, en cambio, tiene como fundamento la incredulidad y la alta crítica: la duda de la Escritura. Según este método, no todo lo que la Escritura dice ocurrió realmente; es necesario buscar evidencia científica, histórica y arqueológica para afirmar que algo realmente sucedió. Los libros que dicen haber sido escritos por Moisés, según este método, probablemente no lo fueron. Ese método fue exigido por los colegios protestantes acreditadores, y al buscar la acreditación de sus colegios los adventistas se vieron obligados a adoptarlo.

Tercero, la gran crisis de fe estudiantil. Reportes documentados, como los del Walla Walla College y otros, muestran graduados que dudaban de los pilares del adventismo. Al comenzar con el método histórico-crítico en lugar del histórico-gramatical, se generó una confrontación entre la lectura directa de la Biblia y un método racionalista naturalista. El método histórico-crítico critica y duda; el histórico-gramatical acepta lo que está escrito, lo cree como está escrito y lo analiza únicamente siguiendo las reglas del lenguaje.

Hubo resultados documentados: la crisis Desmond Ford, impulsada por eruditos que ya no creyeron en la doctrina del juicio investigador; la puesta en duda de la autoridad de Elena de White, a quien los eruditos adventistas de este sistema educativo rebajaron de mensajera profética a una mera guía devocional; y la introducción de nuevas agendas y programas de formación espiritual acusados de introducir misticismo. Esta información está documentada en el libro A Search for Identity del pastor George Knight, y en los capítulos 83 y 84 del libro de Standish ya mencionado.

La reconfiguración doctrinal y el nuevo magisterio

Todo esto desembocó en una reconfiguración pública de la doctrina adventista. El libro Questions on Doctrine presentó las doctrinas adventistas en un lenguaje evangélico, con cambios no solo de fondo sino también de forma. Esto generó una fractura inmensa en el adventismo cuyos efectos persisten hasta hoy, acompañada de un desplazamiento del poder.

La nueva jerarquía de autoridad sustituyó la Biblia sola —principio de los pioneros, visible en figuras como Jaime White— por los comités corporativos y los institutos de investigación bíblica, que tienen la última palabra no por lo que dice la Biblia, sino por lo que los eruditos adventistas dicen sobre la Biblia. Se ha creado, en efecto, un magisterio adventista, encarnado en instituciones como el Biblical Research Institute (BRI). La autoridad son los profesores que tienen PhD.

Este punto tiene una ilustración personal directa. Al comenzar a predicar en el Seminario Adventista de Venezuela sobre la naturaleza humana de Cristo, desde una posición contraria a la del seminario, un subdirector académico que conocía al predicador lo tomó aparte y le dio un consejo político —no bíblico—: «Quédese callado, deje que lo disciplinen, acepto todo, junte dinero, váyase a estudiar en Andrews, saque un posgrado, un doctorado, y cuando vuelva con esa titulación, enseñe todo lo que quiere enseñar y todo el mundo lo aceptará.» La respuesta inmediata fue negativa. Pero ese consejo revela con precisión la jerarquía de autoridad vigente: ya no es la Biblia la que valida. Ya no es posible que cualquier hermano encuentre una verdad revelada por el Espíritu Santo, como ocurrió con Miller y como ocurrió con los profetas de la antigüedad —pastores, obreros, gente del común—. Ahora el sistema es jerárquico: hay que ser parte del magisterio oficial, haber cursado en las universidades y alcanzado un alto grado académico adventista. Con eso se permite hablar de lo que se quiera, incluso dudar de las doctrinas oficiales, juzgar a los pioneros como herejes y decir cualquier cosa, siempre que un título académico de una universidad adventista mundialmente reconocida lo avale. Ese es el sistema de autoridad hoy. Es el cumplimiento más perfecto de lo que dice la profecía: que se introduciría un sistema de filosofía intelectual.

La gran paradoja

Existe una gran paradoja que la denominación ha vivido y de la que no ha logrado salir ni logrará salir. El movimiento adventista nació con un llamado profético: Apocalipsis 14:8, «Ha caído Babilonia», y el llamado a salir de ella; Babilonia son las religiones oficiales de los Estados Unidos con una teología corrompida, e imagen de la bestia es el gobierno de los Estados Unidos usado para adorar a la primera bestia. Ese fue el génesis del adventismo. Sin embargo, la denominación terminó enviando a sus futuros líderes a doctorarse en las universidades de Babilonia, en las universidades que enseñan el vino de Babilonia, y pidiéndole a Babilonia que los certifique como predicadores del mensaje del tercer ángel.

Frente a la sugerencia de que habría sido válido obtener el título para luego predicar la verdad con ese aval, la respuesta es clara: si ese fuera el método inspirado, Jesús habría ido a los colegios, y Juan el Bautista habría cursado en los colegios de los fariseos para obtener la certificación para predicar. El caso del apóstol Pablo es ilustrativo: antes de conocer el mensaje se tituló en toda la educación oficial judía y romana, y aun así, cuando fue a predicar la verdad, no lo aceptaron. Obtener los títulos no garantiza que la verdad sea recibida; es, en cambio, una estrategia que consume tiempo y dinero en escuchar el error, con el riesgo de dejarse convencer por él, y al final el resultado es el mismo. Jesús lo dijo: «A Moisés tienen y a los profetas; no se persuadirán, ni aunque alguno se levante de los muertos.»

El resultado final de esta paradoja es que al importar la acreditación estatal y la alta crítica, la Iglesia Adventista se unió sutilmente al protestantismo liberal y apóstata que sus fundadores habían rechazado rotundamente.

Cinco preguntas para la iglesia de hoy

A la denominación y a todo el mundo adventista corresponde plantearse cinco preguntas. Primera: ¿puede un sistema teológico sobrevivir si sus propios eruditos desconfían de los pilares que lo fundaron? Segunda: ¿trajo la acreditación secular una explosión de almas ganadas o solo un estatus social? Tercera: ¿debe requerirse un título de posgrado universitario para ser considerado un líder teológico legítimo? La respuesta es no, porque el pastorado es un don y un llamado de Dios, no una profesión; quienes son llamados deben prepararse, pero es un don, un llamado. Cuarta: ¿es el método histórico-crítico fundamentalmente incompatible con la identidad adventista? Sí, totalmente, porque su fundamento es la incredulidad: presupone que lo que la Escritura describe como milagro no fue obra de Dios sino resultado de causas naturales. Quinta: si los pioneros vivieran hoy, ¿serían considerados aceptables para enseñar en nuestros propios seminarios? En absoluto. Ya se está diciendo desde los púlpitos adventistas que los pioneros fueron los mayores herejes de la historia, que estaban equivocados y que no tenían razón en lo que dijeron y explicaron. Los argumentos que los pioneros daban a partir de la verdad bíblica están siendo derribados por predicadores modernos titulados y acreditados por Babilonia. Eso es el cumplimiento de la profecía.

Una escuela en sí misma no está mal, ni prepararse está mal. Jesucristo fundó, por así decirlo, una escuela: tomó doce discípulos y los llamó primero a estar con él y luego a predicar. Estando con él aprendían: lo veían orar, enseñar, predicar y sanar. El sistema educativo bíblico es un sistema familiar —educación en casa para los niños con sus padres; y para los adultos, como los discípulos, el modelo de seguir al maestro, convertirse en su familia, aprender durante años y ser enviados a predicar—. Dios le dijo a Moisés que dijera al pueblo: «Enseñarás a tus hijos al acostarte, al levantarte, al andar por el camino.» Ese es el sistema bíblico correcto. El sistema erudito acreditado es, en cambio, el sistema babilónico.

El desafío final para el remanente

El desafío final es para el remanente adventista. No se ha renunciado al adventismo original; se está señalando dónde se ha desviado el adventismo actual, por qué se ha desviado, y llamando a volver al sistema original. Parte de esa misión es también lo que hizo Jesús con sus discípulos: educar a quienes serán líderes de este movimiento restaurado.

Se comienza con una educación familiar, pero el objetivo es también establecer puestos de avanzada y colegios del adventismo original para preparar a jóvenes y adultos en la verdad adventista original y enviarlos a predicar ese adventismo, levantando congregaciones que cumplan su misión en sus localidades. Se está siguiendo el mismo proceso que vivieron los pioneros: se han ido restaurando las verdades, y ahora se entra en el tiempo de organizarse y, a continuación, establecer escuelas del adventismo original, sin buscar acreditación secular ni pedirle permiso a Babilonia madre ni a las Babilonias hijas. El objetivo es prepararse para predicar y enseñar el adventismo antes de la apostasía Omega: el adventismo con las doctrinas originales y con el orden y la organización originales.

Es necesario preparar a los jóvenes y a los niños para que continúen con esta misión, porque los que hoy predican tienen fecha de caducidad. Cuando se acabe la fuerza vital, hasta allí llegará la misión de esta generación, y habrá que haber preparado la generación que vendrá.

Se cree que Jesús viene, pero como Él mismo dijo que nadie sabe el día ni la hora, hay que actuar en función de lo que se ve y de lo que Dios manda. El evangelio que debe ir a todo el mundo para que se cumpla la profecía del fin es el mensaje adventista original junto con el mensaje de Cristo y su justicia dado en 1888 —no lo que predica la corporación, ni los movimientos disidentes trinitarios, ni los movimientos disidentes antitrinitarios que tampoco tienen la fe de Jesús—. Hasta que ese mensaje no se predique en todo el mundo, no vendrá el fin. Por eso es necesario prepararse y preparar a los jóvenes y a los niños para que alcancen ese punto y esa obra.

Art 4: La primera iglesia cristiana: Hechos 2

Por: Migdalia Carpio

Introducción: un error de denominación

El título «primera iglesia cristiana» encierra, según la nota introductoria de la lección, un error de denominación. La Iglesia Cristiana antecede al Pentecostés por muchos cientos de años. En Hechos 7:37-38 se habla de la iglesia en el desierto en conexión con Moisés, y en Hebreos 11:24-26 se afirma que cuando Moisés echó su suerte con el pueblo de Dios, sufriendo aflicción con ellos, compartía el vituperio de Cristo. Así queda claro que los creyentes en los días de Moisés constituían la iglesia cristiana tan ciertamente como en el tiempo de Pedro o en el día presente. Pasaron varios años después del Pentecostés antes de que los discípulos fueran llamados «cristianos», pero aquello que ese término describe había existido por cientos, incluso miles de años. Desde que han existido creyentes en Dios y en su poder para salvar por medio de Cristo, ha existido una iglesia cristiana.

El sermón de Pedro en el Pentecostés

El estudio de esta lección se centra principalmente en Hechos 2:22-36, pasaje que ha sido tomado para apoyar diversas teorías y cuyo estudio cuidadoso y reflexivo es indispensable para captar la fuerza de la lección. El discurso del apóstol Pedro puede resumirse en las siguientes líneas. Primero, refutó la acusación de ebriedad que algunos lanzaban contra los que habían recibido el Espíritu Santo. Segundo, citó la profecía de Joel como explicación de lo que estaba ocurriendo. Tercero, se refirió a los hechos del ministerio, muerte y resurrección de Jesús de Nazaret —eventos bien conocidos por su auditorio— como evidencia de que era el enviado de Dios. Cuarto, citó el Salmo 16:8-11, donde David habla proféticamente de la resurrección de Cristo, y mostró que esas palabras no podían aplicarse a David, cuyo sepulcro era conocido de todos y cuyo cuerpo había visto corrupción, sino únicamente a Jesús, quien resucitó antes de que su cuerpo comenzara a descomponerse. Quinto, afirmó que Jesús, resucitado y exaltado a la diestra de Dios, había enviado el Espíritu Santo que el auditorio estaba presenciando. Sexto, apoyándose en el Salmo 110, mostró que David tampoco había ascendido a los cielos, de modo que la conclusión era irresistible: «A este Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo.»

El efecto sobre la multitud

Al escuchar este discurso, la multitud fue compungida de corazón: hasta lo más íntimo de su ser se dio cuenta de haber hecho mal, sintió pesar por ello y preguntó a Pedro y a los apóstoles: «Varones, hermanos, ¿qué haremos?» Esa convicción no fue obra de los oyentes mismos, sino fruto del Espíritu Santo, que convence de pecado y produce un arrepentimiento sincero. El apóstol Pedro respondió con claridad: «Arrepentíos y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo.»

El bautismo es el testimonio público de que se ha producido un cambio de vida y que lo que se hacía antes ya no se hará. Su vigencia se mantiene hasta hoy por la misma razón: cuando se cometen pecados públicos, la reparación y el testimonio también deben ser públicos. La promesa que Pedro añadió fue la del Espíritu Santo, extendida sin excepción: «Para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos, para cuantos el Señor nuestro Dios llamare» (Hechos 2:39). El Señor llama a todos, sin hacer acepción de personas, aunque son aquellos que sienten la necesidad —la sed de que hablan Apocalipsis 22:17 e Isaías 55:1— quienes acuden y reciben ese don. La exhortación del apóstol no quedó íntegramente registrada: Hechos 2:40 señala que testificó y exhortó con muchas otras palabras. De los que recibieron su mensaje, fueron bautizadas aquel día unas tres mil personas, cifra que en términos reales era considerablemente mayor, dado que el conteo habitual se hacía solo en varones.

La vida de la primera iglesia

Los nuevos creyentes perseveraban en cuatro prácticas: la doctrina de los apóstoles, la comunión, el partimiento del pan y las oraciones. Toda persona tenía temor —un temor de reverencia y respeto— porque muchas maravillas y señales eran hechas por los apóstoles, lo que transformó la percepción que el pueblo tenía de ellos. En cuanto a la administración de bienes, Hechos 2:44-45 describe que todos los que creían tenían en común todas las cosas y vendían sus propiedades y bienes, repartiéndolos a cada uno según su necesidad. Hechos 4:34-35 complementa esta descripción: los que poseían heredades o casas las vendían, traían el precio de lo vendido y lo ponían a los pies de los apóstoles, quienes administraban la repartición según la necesidad de cada uno.

Esta práctica no constituía una división igualitaria y comunista de la propiedad —lo cual habría requerido un inventario y redistribución diarios, dada la incorporación constante de nuevos miembros—, sino el resultado natural del Espíritu de Cristo obrando en la iglesia y haciendo sentir a todos que eran miembros de un mismo cuerpo. No era una obligación impuesta por la iglesia ni por el Estado, sino un acto voluntario. El que daba lo hacía por impulso del Espíritu Santo; el que quería recibir ayuda de la iglesia daba también todo lo que tenía, mucho o poco. El problema de las modernas sociedades que intentan combatir la pobreza mediante leyes y resoluciones es que pretenden producir resultados sin la causa que los genera: intentan obtener por medios arbitrarios lo que solo puede ser logrado por el Espíritu de Dios. Los resultados a los que apuntan son a menudo buenos, pero no pueden producirse en corazones egoístas y no regenerados.

En cuanto al partimiento del pan mencionado en los versículos 42 y 46, la nota advierte que ir más allá de lo que está escrito genera innumerables males. Solo puede afirmarse lo que el texto dice literalmente: partían el pan de casa en casa. Si se trataba de la Cena del Señor o de una comida común, no puede determinarse con exactitud. Lo que el versículo 46 destaca con claridad es la unidad de la iglesia: perseveraban unánimes cada día en el templo, partían el pan en las casas y comían juntos con alegría y sencillez de corazón.

Esta experiencia de comunión plena —incluyendo la disposición a vender propiedades y tener todo en común— presupone haber pasado por Getsemaní, la cruz y el Pentecostés, haber recibido el Espíritu Santo y haber sido probados por la persecución. Todo lo que aquella iglesia vivió sirve de guía para que el pueblo remanente no cometa los mismos errores y no tenga después excusa. Lo que pasó, pasará; y cuando llegue ese momento, quienes no estén unidos y en comunión no podrán soportarlo.

El texto termina con la nota de que el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos, y de que la iglesia era considerada con gracia por el pueblo. Este ideal aún no ha sido alcanzado, y alcanzarlo requiere vencer el egoísmo y la codicia mediante la acción transformadora del Espíritu Santo, el cual no puede ser sustituido ni por la ley del Estado ni por el mandato de la iglesia.

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