La historia de Caín y Abel, registrada en Génesis 4, presenta uno de los primeros actos de adoración del ser humano y, al mismo tiempo, una de las primeras revelaciones claras del problema del pecado y del camino para tratar con él.
El relato declara que “Caín y Abel trajeron cada uno una ofrenda al Señor”. Ambos reconocieron al Señor. Ambos adoraron. Ambos trajeron una ofrenda del campo de su propio trabajo. Sin embargo, el resultado fue distinto: “Y miró el Señor con agrado a Abel y a su ofrenda; pero no miró con agrado a Caín ni a la ofrenda suya”.
Esto conduce necesariamente a la pregunta central: ¿cuál fue la falta de Caín?
Dios señaló el principio, no hizo acepción de personas.
El Señor no rechazó a Caín como persona, ni mostró preferencia personal por Abel. Él mismo dejó claro que la diferencia estaba en el principio involucrado en la ofrenda. A Caín se le dijo:
“Si bien hicieres, ¿no serás aceptado? y si no hicieres bien, el pecado está a la puerta” (Génesis 4:7).
Abel fue aceptado; Caín lo sabía. Por lo tanto, Abel había hecho bien. Si Caín hubiera hecho lo mismo que Abel, también habría sido aceptado. El rechazo no fue por el adorador en sí, sino por lo que la ofrenda significaba.
La ofrenda es la señal externa del espíritu con el cual el hombre se acerca a Dios y de cómo entiende su relación con Él.
“El pecado está a la puerta”.
Con estas palabras, el Señor hizo inequívocamente claro el problema. La ofrenda de Caín no reconocía pecado alguno. Y puesto que la ofrenda expresaba el pensamiento interior del adorador, esto mostraba que Caín mismo no reconocía pecado alguno en sí mismo.
La declaración “el pecado está a la puerta” no fue una acusación arbitraria, sino una revelación misericordiosa. Dios mostró a Caín toda su falta y todo el secreto de ella: había pecado presente, aunque no reconocido.
Al negarse a reconocerlo, Caín quedó en una condición en la cual el pecado que estaba allí tendría que manifestarse de una manera visible y real.
El desarrollo del pecado no reconocido.
El relato muestra que el pecado ya comenzaba a manifestarse. Caín decayó de semblante, se ensañó en gran manera, tuvo celos de su hermano y alimentó sospechas contra él. Todo esto ocurrió antes del acto final.
Aun entonces, el Señor le mostró que estaba equivocado, asegurándole que si hacía bien, la excelencia del primogénito seguiría siendo suya. Sin embargo, Caín persistió en no reconocer el pecado, y el pecado que se negó a confesar se desarrolló plenamente.
Finalmente, aquello que no quiso reconocer internamente se manifestó externamente: “Caín se levantó contra Abel su hermano, y lo mató”.

El reconocimiento tardío.
Después de esta terrible experiencia, Caín reconoció finalmente que era pecador, declarando que su iniquidad era grande. Sin embargo, esto no significó que fuera más pecador al final que al principio, sino que el pecado que ya estaba presente se había desarrollado completamente.
Todo lo que reconoció al final pudo haberlo reconocido al principio, antes de que el pecado se manifestara en su vida.
Abel: el mismo problema, una respuesta distinta.
Abel era pecador tan verdaderamente como Caín. La diferencia estuvo en que Abel reconoció esta verdad. Su ofrenda fue la confesión de su condición y la expresión de su fe en el don de Dios para la salvación del pecado y del pecar.
Abel trajo el primogénito de su rebaño, un cordero. Con ello expresó su fe en que Dios ya había dado el Primogénito de su rebaño, el Cordero de Dios, como ofrenda por los pecados. El sacrificio del cuerpo y de la sangre fue la señal de esa fe.
Por esta fe, Abel fue aceptado por Dios, su pecado fue perdonado, fue guardado de pecar, y la justicia de Dios se manifestó en su vida en lugar del pecado.
“Por la fe Abel ofreció a Dios más excelente sacrificio que Caín, por lo cual alcanzó testimonio de que era justo” (Hebreos 11:4).
El mismo camino permanece abierto
Caín pudo haber hecho lo mismo que Abel. Y así puede hacerlo cualquier persona. Todo lo que era necesario era reconocer el pecado y traer una ofrenda que significara la confesión de ello y la fe en el don de Dios para la salvación del pecado y del pecar.
El Don de Dios ha sido dado. El Cordero de Dios ha sido sacrificado.
“Quiso el Señor quebrantarlo, sujetándole a padecimiento… cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado” (Isaías 53:10).
Donde el pecado es reconocido y confesado, es perdonado y no se manifiesta. Donde no es reconocido, se desarrolla y gobierna.
Una lección dada desde el principio
Esta es la lección que se presenta al mundo en la historia de Caín y Abel. En el mismo comienzo del mundo pecaminoso, el Señor mostró claramente el camino de la salvación del pecado y del pecar: el reconocimiento del pecado y la fe en el don que Dios ha provisto.
6 de Enero de 2026
F. F. B.
