Basado en Apocalipsis 7:1-4

Hoy concluimos el tema «Nuestra misión presente», que hemos venido estudiando durante dos sábados anteriores. Está fundamentado en Apocalipsis 7, específicamente en los versículos 1 al 4.

En las sesiones previas estudiamos, en primer lugar, nuestro tiempo presente, contenido en el versículo 1. Juan vio cuatro ángeles sosteniendo cuatro vientos, los cuales representan los cuatro caballos de Zacarías 6 —que también aparecen en Apocalipsis 6—, y simbolizan pestes, hambres, terremotos, guerras, muerte y la persecución de la intolerancia religiosa papal. Estos vientos estaban a punto de soltarse sobre la tierra. Con el cumplimiento del tiempo del fin en 1798 y la entrada de Jesucristo al lugar santísimo el 22 de octubre de 1844, llegó el momento de que fueran liberados. Sin embargo, el Señor Jesús vio a su pueblo sin preparación y ordenó a los ángeles que continuaran sosteniéndolos.

Estudiamos también el versículo 2, que habla de otro ángel que sube del nacimiento del sol teniendo el sello del Dios vivo, el cual clamó a los cuatro ángeles diciendo: «No hagáis daño a la tierra ni al mar ni a los árboles, hasta que señalemos a los siervos de nuestro Dios en su frente» (v. 3). Este ángel representa literalmente a Gabriel —quien ocupa el puesto que fue de Lucifer— y simbólicamente al movimiento adventista pionero original y a todos los que restauran ese mensaje.

El sello que porta es el cuarto mandamiento de la ley de Dios, cuyo contenido incluye el nombre de Dios (Jehová), su cargo (Creador) y su jurisdicción (cielos, tierra y mar). El resultado de ese sellamiento aparece en Apocalipsis 14:1: los 144.000 que tienen el nombre del Padre —y del Hijo— escrito en su frente.

Las tres partes de nuestra misión

Según los versículos 2 y 3 de Apocalipsis 7, nuestra misión presente comprende tres partes: retener el sello, clamar a gran voz y sellar.

1. Retener el sello

Dado que somos parte del ángel sellador, lo primero que debemos hacer es retener el sello de Dios y no falsos sellos. El falso sello por excelencia es el domingo. Pero también el mismo sábado puede convertirse en un sello falso si se altera alguno de sus tres elementos constitutivos: el nombre, el cargo o la jurisdicción del Creador.

Éxodo 20:11 lo establece con claridad: «Porque en seis días hizo Jehová el cielo y la tierra, el mar y todas las cosas que en ellos hay, y reposó en el séptimo día.» Este versículo enseña que la creación ocurrió en seis días literales —no en miles de años—, que Génesis no es una leyenda, que la evolución no tiene cabida en él, y que el día de reposo es el séptimo, no el octavo ni el viernes. Además, establece que quien creó fue Jehová: el Padre y el Hijo. Según Juan 1:3, Génesis 1:26, Proverbios 8 y Colosenses 1:15, en la creación participaron dos personas —el Padre y el Hijo—, no tres. Si se modifica el día —como lo hizo el papado— o si se modifica el nombre del Creador o se le atribuye la obra a quien no corresponde, también se altera el sello. El sábado guardado en honor a otro Dios que no sea el Padre por medio de su Hijo es un sello falso, aunque sea el día correcto.

A esto se añade que debemos rehuir también de la doctrina judaizante que cambia el nombre del Dios del sábado. En las Biblias antiguas —desde los tiempos de los reformadores y la época de 1800— aparece el nombre Jehová, no Yahvé ni Yahweh. Las versiones que han introducido esos cambios son modernas, posteriores a la segunda mitad del siglo XX.

Retener el sello implica igualmente retener el mensaje del sellamiento, pues el sello no viene solo. El ángel que sella es el tercero, y para que su obra sea posible tiene que haberse realizado la obra de los dos anteriores. El primer ángel reafirma el sello al proclamar: «Temed a Dios y dadle honra, porque la hora de su juicio ha llegado; y adorad a aquel que hizo el cielo y la tierra» (Ap 14:6-7) —mensaje que incluye la creación, el juicio, el santuario y la identidad del Creador—. El segundo ángel denuncia la caída de Babilonia, es decir, de todas las iglesias, grupos religiosos o ministerios independientes que rechazan la verdad del juicio, del santuario, de las 2.300 tardes y mañanas, y del Dios verdadero. Como consecuencia de esa apostasía llega el tercer ángel, que advierte contra la bestia, su imagen y su marca; y el resultado aparece en el versículo 12: «Aquí está la paciencia de los santos, los que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús», es decir, los que tienen el sello de la ley en su frente porque retuvieron y crecieron en el mensaje del sellamiento.

2. Clamar a gran voz

El mismo versículo 2 señala que el ángel «clamó con gran voz». El nacimiento del sol, desde donde sube el ángel, expresa que el mensaje comenzó pequeño pero ha ido creciendo y perfeccionándose. El clamor del ángel en el versículo 3 —«No hagáis daño a la tierra ni al mar»— revela que la misión no es pedir que el mundo termine ya, sino todo lo contrario: pedir a Dios que retenga los vientos y conceda más tiempo.

Testimonios para la Iglesia, tomo 5 (en español, p. 671), lo expresa con precisión: «Una gran responsabilidad incumbe a los hombres y mujeres que oran en todo el país para que pidan a Dios que rechace la nube del mal y nos conceda algunos años más de gracia en que trabajar para el Maestro.» El clamor es, por tanto, orar a Dios para que los ángeles retengan los cuatro vientos hasta que los misioneros sean enviados a todas partes del mundo a proclamar la amonestación. No cualquier misionero, sino aquellos que lleven el mensaje del sellamiento con claridad: el sábado del séptimo día santificado para el Creador, que es el Padre por medio del Hijo.

Aunque hoy hay adventistas en muchas partes del mundo, en su mayoría no conocen ni predican el mensaje adventista original. Por eso es preciso clamar por más tiempo: para que ese mensaje sea proclamado en todo el mundo.

El clamor comprende también lo que enseña Ezequiel 9:4, que amplía su significado: el ángel escogía a quienes «gemían y clamaban a causa de todas las abominaciones que se hacían en medio de Jerusalén». Clamar, por tanto, incluye además de orar y proclamar el mensaje, denunciar las abominaciones que se cometen en el mundo y en la iglesia. Jerusalén representa aquí al adventismo en su conjunto —con todas sus ramas y grupos—, no únicamente a una corporación denominacional. Elena de White, en el capítulo «El sello de Dios» de Joyas de los Testimonios, tomo 2, advierte que quienes echan un manto sobre la apostasía prevaleciente en la iglesia o la disculpan quedarán sin el sello de Dios.

3. Sellar

El versículo 3 dice: «hasta que señalemos a los siervos de nuestro Dios en sus frentes.» Un detalle notable es que el ángel habla en plural —«señalemos»—, lo que confirma que no es un ser literal único, sino que somos todos los que predicamos el mensaje.

El resultado del sello es el nombre del Padre y del Hijo en la frente (Ap 14:1). Esto no es un tatuaje literal, sino algo espiritual que 2 Corintios 3:3 explica con claridad: «Siendo manifiesto que sois carta de Cristo, ministrada por nosotros, escrita no con tinta, sino con el espíritu del Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne del corazón.» Somos cartas de Cristo; los que enseñan administran esa carta; y el instrumento que escribe es el Espíritu de Dios. Esto explica por qué Efesios dice que somos sellados con el Espíritu: es el poder mediante el cual la ley se inscribe en la mente.

La diferencia entre el Antiguo y el Nuevo Pacto no radica en el contenido de la ley —los mismos diez mandamientos, el mismo sábado, sin modificación—, sino en el lugar donde se escribe: en el Antiguo Pacto, en tablas de piedra; en el Nuevo Pacto, en la mente y el corazón por obra del Espíritu. Dios mismo siempre quiso que su pueblo estuviese en el Nuevo Pacto: fueron los israelitas quienes eligieron quedarse con las tablas de piedra.

Somos, pues, a la vez sellados y administradores. El Espíritu escribe directamente en la mente de las personas, pero requiere de nuestra administración. Como el alimento preparado que debe ser servido en la mesa: si no se predica el mensaje, el vecino no recibirá el sello, aunque el Espíritu esté obrando. No todos aceptarán el llamado, pero nuestra responsabilidad es cumplir con la obra.

Debemos también sellarnos a nosotros mismos. El Salmo 1:2 describe al bienaventurado como aquel que «en la ley de Jehová está su delicia, y en su ley medita de día y de noche.» La meditación voluntaria y constante en la ley, especialmente en las primeras horas de la mañana, es la manera en que nos sellamos a nosotros mismos. Además, Deuteronomio 6:4-8 manda tener la ley en el corazón y repetirla a los hijos «estando en tu casa, andando por el camino, al acostarte y cuando te levantes» —en todo tiempo y lugar—. El Salmo 119:11 añade la dimensión práctica: «En mi corazón he guardado tus dichos para no pecar contra ti», lo que implica meditar, memorizar y guardar la ley. Sin lectura constante, la ley no se graba en la mente.

Conclusión

Nuestra misión, a la luz de la profecía, es clara y triple: retener el sello, clamar —orando por más tiempo y denunciando la apostasía— y sellar: predicar el mensaje, enseñarlo, meditarlo en nuestra propia vida y administrarlo para nuestros hijos y semejantes.

Esta misión no exige abandonar nuestras profesiones. Pablo mismo trabajó haciendo tiendas sin descuidar la predicación, demostrando que todos podemos ser misioneros de sostenimiento propio. En un tiempo de muchas voces y grupos, nuestra única salvaguardia es la Biblia, que nos dice con claridad cuál es nuestro tiempo, cuál es nuestra identidad —somos el ángel sellador, somos el tercer ángel— y cuál es nuestra misión. El momento es ahora, y el cómo es el mismo que leemos en Deuteronomio: de mañana, al acostarnos, al levantarnos, por el camino. A tiempo y fuera de tiempo.

Un comentario en «Nuestra misión presente»

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